Ocho meses en Capacho, cuatro en Cuitzeo: la historia del Señor de la Expiración.

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Ocho meses en Capacho, cuatro en Cuitzeo: la historia del Señor de la Expiración. Por Edurne Farias Escalera La calle principal de Capacho sube hacia el templo y conforme uno avanza por la pendiente la fiesta se va revelando en sus distintos colores, aromas y sonidos. A la hora de la comida  todas las casas abren sus puertas que ofrecen enchiladas y mole. La gente recibe a los visitantes con amabilidad aunque en esa multitud no puede distinguirse entre los locales y los que venimos de fuera. En el suelo, sobre la subida que conduce a la iglesia, se extienden tapetes de aserrín con diferentes motivos y entre ellos destaca uno dedicado a la Virgen de Guadalupe, rodeada de flores. El templo del siglo XVIII, fechado en 1722, se encuentra en la parte alta del pueblo y al llegar a su puerta principal, se descubre el hermoso paisaje que nos regala el lago de Cuitzeo que a esa hora de la tarde parece un espejo. Desde allá es inevitable pensar en el lago como un test...

EL PADRE PISTOLAS: UN CURA QUE LLEGÓ A DAR MUCHO MÁS QUE LA MISA



 



EL PUEBLO QUE SABE DÓNDE ESTÁ EL PADRE

Para llegar a Chucándiro tomamos el camino que rodea el lado occidental del lago de Cuitzeo. Cuando pasamos por San Agustín del Maíz el paisaje empieza a cambiar poco a poco y la ribera del lago aparece por momentos junto al camino. A estas alturas del año se empiezan a asomar los sembradíos de flores para el día de muertos y se alcanzan a distinguir esas flores moradas que parecen hechas de terciopelo. Son las llamadas crestas de gallo o celosías. En un mes estos campos estarán llenos de amarillo y morado.

Pasamos por Copándaro, ahí está el antiguo conjunto agustino del siglo XVI. El templo y el exconvento aparecen como una especie de primera estación de este camino hacia el pueblo donde vamos a buscar al cura Alfredo Gallegos, mejor conocido como “El Padre Pistolas”. Seguimos hacia el poniente y pareciera que el paisaje se abre. Aparecen los campos de sorgo y las milpas. Hay prados verdes que antes fueron lago donde pastan las vacas y cuesta no pensar que todo aquello alguna vez fue parte del segundo lago más grande de México. Las vacas sobre esos prados y los campos contrastantes de color café del sorgo son como una señal de que ya estamos llegando a Chucándiro.


Chucándiro es un pueblo pequeño. En 2020, según el INEGI, tenía 1,401 habitantes.

Yo me imaginaría que aquí todos se conocen. Que todos saben quién es hijo de quién, quién es hermano de quién, quién se casó con quién y quién se fue del pueblo hace veinte años. Por eso cuando llegamos los foráneos, se nota. Uno no tiene que decir que viene de fuera. Ellos lo saben. Saben que no somos de ahí. Saben que somos extraños y saben también a qué venimos y cuando uno llega a la plaza no necesita preguntar por el padre Pistolas y el pueblo ya sabe que llegaste a buscarlo.

Ni siquiera hace falta hacer la pregunta.

Levantan la mano y señalan hacia arriba:

—El padre es para allá.

El atrio de San Nicolás Tolentino está arriba.

Uno podría pensar que el padre Alfredo Gallegos se adueñó del pueblo porque al final muchos conocemos Chucándiro por el famoso Padre Pistolas pero casi desde que llegué me dio la sensación de que quizá es al revés: que el padre Pistolas pertenece al pueblo. Que son los habitantes de Chucándiro los que de alguna manera se sienten dueños de él.

Porque todos saben dónde está.

Quizá por eso empecé a pensar que el Padre Pistolas no es solamente un hombre que vive en Chucándiro, que trabaja en la parroquia, es alguien que ya forma parte de la geografía del pueblo. Preguntas por él y te señalan hacia arriba, no importa quién seas ni de dónde vengas, en Chucándiro basta con llegar.

El pueblo da sensación de pulcritud, de limpio, se respira orden. Como es domingo, las señoras ubicadas alrededor de la plaza venden quesadillas, atole blanco, tamales, menudo, birria y hasta papas a la francesa en puestos improvisados pero impecables. La gente es atenta, amable y sonriente, están acostumbrados a “nosotros”, los de fuera. También me pareció un pueblo alegre, con mujeres muy bonitas y hombres que hablan fuerte el domingo en la plaza.



Me acompaña mi papá y como somos muy puntuales, llegamos alrededor de las diez de la mañana, que es el horario que anuncian los videos de YouTube para las “Pláticas de la Salud” que imparte todos los fines de semana el Padre Pistolas.

No lo sabíamos en ese momento pero nos quedaban dos horas por delante porque el padre no estaba e hicimos lo que haría cualquiera: nos pusimos a merodear y mientras esperábamos que apareciese nuestro personaje empezamos a introducirnos en el enorme mundo del Padre Pistolas. Y caminamos por el enorme atrio. Miramos los coches. Vimos las carrozas. Las pinturas. Las fotografías de caballos. Preguntamos. Observamos. Agarramos solecito de Chucándiro.

En los autos que están en el atrio, antiguos y modernos, en todos aparece impresa la leyenda “Padre Pistolas” y esa pequeña pistola que se ha convertido en su identidad. Junto a ella se lee:

“Una arma de bondad”.

La frase tiene una falta de ortografía. Si nos ponemos pulcros con el idioma, lo correcto sería decir “un arma de bondad”, pero por alguna razón que sólo intuyo me gusta que él lo escriba así porque en el mundo del padre Pistolas su pistola parece ser una cosa femenina.

Es “una” arma. Su arma. Su mujer. O “su vieja” si lo queremos decir en el idioma peculiar del Padre. Su pistola.



Y la misma imagen aparece dibujada por todas partes. Una pistola que no parece amenazar a nadie sino anunciar al propio padre y su inmenso cosmos.

Al fondo del atrio, de frente, hay una estatua enorme del padre vestido de charro y a su lado otra de un caballote. Tanto él como el caballo deben medir unos dos metros y los foráneos se suben allí y se toman la foto que es el souvenir de Chucándiro.

Adentro, en el patio donde imparte las pláticas, hay muchos cuadros en las paredes, en una hay una colección de retratos al óleo del padre que me imagino se los han regalado sus amistades o los artistas que han pasado por ahí. En unos aparece vestido de charro. En otros lleva sus camisas western. En algunos es más joven y conserva otra fisonomía.

En las paredes había carteles con consejos para distintos padecimientos: diabetes, herpes y otros problemas de salud. Pero hubo uno que me llamó especialmente la atención. Era rojo y tenía en letras grandes una advertencia:

NO SE ALIVIAN

MUJERIEGOS

COSCOLINOS

VENGATIVOS

ALCOHÓLICOS

DROGADICTOS

El patio termina convirtiéndose en una especie de galería del propio padre Pistolas.

Todo parece hablar de él.



A la entrada del templo de San Nicolás Tolentino, al lado de la puerta, una señora estaba poniendo una mesita y desde donde estaba sentada en su banquito, como si estuviera detrás de un pequeño mostrador de información turística, nos dio el tour histórico del pueblo. Nos habló del escudo municipal y de sus cuatro cuarteles. En uno está la Huanancita que significa Niña Bonita, en otro aparece don Vasco de Quiroga y las comunidades indígenas, también nos habló del vallecito donde está asentado Chucándiro y del reloj atrial que con el sol da la hora exacta:

—Vayan y vean —nos anima—.

Y cuando vamos en camino al reloj, nos habla más fuerte:

—Al lado del reloj está por donde pasó el Padre de la Patria.

La señora conoce la historia de su pueblo y la cuenta con orgullo.

También sabe perfectamente por qué llegamos los de fuera.

—La gente viene a ver lo de la medicina —nos dijo.

Lo decía como quien habla de una actividad que ya forma parte de la vida cotidiana del pueblo.

Aquí llegan personas de otros lugares a buscar al padre Pistolas y sus remedios.



Y todavía nos faltaba conocer otra de las historias del templo. A la salida, del lado izquierdo, escuchamos la voz de nuestra guía de turistas que desde la entrada indica:

—Ahí tienen un Cristo de corazón palpitante y por las noches se le escucha palpitar.

En una plaquita se lee que es el Cristo de los desamparados.

Yo empezaba a sentir que en Chucándiro la historia no está solamente en los libros.

Está en sus paredes. En su escudo. En las iglesias que son dos: la de Vasco de Quiroga de los franciscanos y la de San Nicolás Tolentino de los agustinos. Y en la manera en que sus habitantes cuentan su pueblo. También está, por supuesto, en el padre Pistolas, pero todavía no llegaba, así que fuimos a almorzar y nos sentamos en uno de los puestos de la plaza. Mi papá pidió caldo de birria. Yo pedí menudo. Sentados allí, nuestras anfitrionas nos hablan de cuánta gente de fuera viene, de todos lados y nos dicen con orgullo que la señora que está con su hijo en la mesa de al lado “viene desde Guadalajara”.

—Hoy la plática va a ser hasta las 12 porque el padre anda fuera.

Mi menudo está bueno. Platicamos con Aylin, una chica que es policía y que tiene un año viviendo allí, nos comparte que está contenta, que le gusta vivir allí. Es una muchacha que sonríe y expresa con cariño que en Chucándiro hay muchas fiestas y que nos quedemos a la misa “porque es lo más bonito”.

En esas andábamos cuando a la mitad del plato una de las tres señoras que nos atienden dijo:

—Ya llegó el padre.

—¿Cómo se dio cuenta? —pienso—. No lo sé. Se me imagina que es como una especie de telepatía.

La espera había terminado.

Hasta ese momento habíamos conocido el pueblo, sus historias y todo lo que hablaba del Padre Pistolas. Nos faltaba conocerlo. Así que, apresurados, dejamos los platos como estaban porque yo ya tenía prisa de conocer al hombre que vinimos a buscar.



DE LA MANCHA A CHUCÁNDIRO

Antes de llegar a Chucándiro yo ya había investigado bastante sobre el padre Pistolas.

Quería saber quién era y qué había hecho antes de llegar al pueblo. Había leído sobre él y había visto muchos de los videos que existen sobre sus misas y sus famosas pláticas de salud.

Hay miles.

Cuando digo miles, no exagero. Al principio uno no sabe por dónde empezar, no obstante, después de consultar tanto material, uno podría hacerse una idea bastante precisa de él: un hombre áspero, que habla fuerte, que dice muchas groserías, que también grita, que se enoja, que es rijoso, intenso y hasta cierto punto incómodo. Un personaje del que no sabes qué esperar porque parece dispuesto a decir lo que sea y a quien sea.

Yo llegué a Chucándiro con todos estos prejuicios.



Cuando entramos al patio, escucho su voz que ya conozco:

—Vienen de Irapuato y no traen fresas, vienen de Uruapan y no traen aguacates, vienen de Celaya y no traen cajeta. Puro culo. Pásenle, siéntense, acá hay lugar —dice dirigiéndose a nosotros.

Y ahí estaba: el Padre Pistolas de los videos.

Al verlo ahí sentado bien a gusto en su patio pensé en los libros que, según él mismo ha contado, le leían de niño: Don Quijote de la Mancha y El Lazarillo de Tormes.

Y de pronto la comparación me pareció inevitable.

Porque Alfredo Gallegos es el nombre del hombre. Padre Pistolas es el personaje.

Como Don Quijote, ha terminado construyendo una identidad que ya es más grande que el hombre que la inventó. Solo que aquí no hay armadura ni lanza, ni molinos de viento, hay un sombrero vaquero, botas, una pistola y Chucándiro como escenario.

Y quizá hay también algo de Lázaro: esa manera de mirar el mundo desde abajo, de hablarle a la gente sin demasiados adornos y de decir las cosas como vienen.

Yo había llegado creyendo que ya sabía quién iba a encontrar.

Y la verdad es que no.

El padre llevaba su atuendo de siempre: sombrero vaquero blanco con una pluma de pavorreal, camisa western clara de manga larga con bordados en el pecho, pantalón beige y unas botas cómodas de gamuza, medio hippies.

A la cintura llevaba también una funda de pistola vacía.



LA LENGUA LARGA

El padre Pistolas no fuma, no toma Coca-Cola, no come Fruty Lupis y el aparato reproductor, que él llama “pito”:

—Sólo lo uso para miar —dice sin ningún empacho.

Pero entonces, como ya se estarán dando cuenta hacia dónde voy: Dios le dio un defecto: tiene la lengua muy larga. Y no lo digo porque hable mucho. Bueno, sí habla mucho, pero lo interesante es que parece no tener ningún interés en callarse lo que piensa. El padre dice:

—A mí no me pueden callar. Yo soy como mi gallo; ese todas las mañanas canta, le vale madres. Y empieza a hablar de las enfermedades, de las plantas curativas, de los políticos, de las carreteras, del maíz, de las mujeres, de la buena alimentación. Habla en misa y habla fuera de misa. Habla con sus pacientes y con quienes lo rodean.

Y al final se presenta ante nosotros como lo que quizá es para la gente de Chucándiro: una especie de abuelito de los de antes, regañón, gritón y malmodiento que trata a todos como si fueran sus hijos o sus nietos. Por ejemplo, este domingo nos grita:

—¿Quién va al molino en la mañana?

Nadie levantó la mano.

—Pinches viejas huevonas.

Lo dice para explicar que ni sus gallos ni sus pericos comen tortillas de tortillería porque, según él, son pura cochinada. Entonces toma una tortilla que tiene sobre la mesa que sí es de maíz azul de a deveras. Le da una mordida. Después le da un trago a su atole, también de maíz. Luego toma el bote de uno de sus remedios para las lombrices y los oxiuros y también le da un trago.

Desde hace años el padre se ha dedicado a preparar remedios con plantas medicinales y recetas de herbolaria antigua para diferentes y muy variados padecimientos.

Al centro del patio de lo que supongo es su casa, junto a la iglesia de San Nicolás Tolentino, habían colocado varias sillas. Al frente había una mesa sobre la que el padre había puesto un plato con una ensalada y varios vasos: uno con lentejas, otro con habas, otro con frijoles y otro con garbanzos. Al lado de la mesa había una caja de muerto y en ese momento no entendí qué hacía un féretro ahí. Me pareció una presencia bastante tétrica para una plática de salud. Después iba a saber por qué estaba ahí.

Ahí empecé a entender que las plantas medicinales, las leguminosas y los consejos de salud eran apenas una parte de lo que uno iba a encontrar en aquel patio porque debajo de esa lengua larga hay algo más.

El padre apela constantemente al sentido común y lo hace con frases rotundas que no necesitan demasiada explicación.

—Dios no ayuda a los pendejos, ni a los culos.

—A ver. Digan conmigo. Repitan fuerte.

Y todos esperamos.

—Dios.

Todos lo seguimos:

—Dios.

—No ayuda...

—No ayuda...

—A los pendejos.

Y todos repetimos:

—A los pendejos.

Como una letanía. Como una especie de catecismo del padre Pistolas.

Y la gente se ríe. Nos reímos, pero también nos quedamos pensando que no hay que ser pendejo porque lo que el padre quiere decir es bastante sencillo: hay que ser buena persona, hay que comportarse bien, no hay que engañar, no hay que traicionar a la gente que nos quiere.

Es una especie de moral a punta de groserías.

A veces pienso que el padre Pistolas es una especie de traductor de la Biblia. Un traductor de la Biblia a chucandirense. Toma historias, personajes y enseñanzas que llevan siglos allí y las traduce a su manera: al lenguaje de la plaza, de la casa, de la calle, de la gente que tiene enfrente. En su idioma hay pendejos, viejas huevonas, borrachos, rateros, pitos sueltos. También hay temas serios como cuando dice:

“Hay que perdonar no tres veces, como dice Moisés, ni siete. Hay que perdonar setenta veces siete. O sea siempre.”


El padre puede decirlo con una o muchas groserías, con un chiste o con una frase que parece salida de una cantina. Pero debajo de todo eso hay una idea bastante elemental de la vida: no seas “culo” y creo que en ese sentido el padre Pistolas ha sabido entender algo del espíritu mexicano. Porque los que estamos sentados en aquel patio no necesariamente estamos ahí de buen humor. Muchos llegan enfermos. Llevan sus estudios, sus análisis, sus preocupaciones. Están esperando que el padre los atienda pero entonces el padre suelta un chiste y todos se ríen. Dice cualquier barbaridad. Por ejemplo, que el noventa por ciento de las mujeres engañan a sus maridos.

Y la gente vuelve a reír.

No parece que estén frente a un sacerdote al que haya que escuchar en silencio y con solemnidad. Están frente a ese abuelo que te grita, te regaña, te pendejea y quizá ahí está una parte de su encanto. El padre Pistolas entendió que para hablarle a la gente tenía que hablarle como habla la gente: sin solemnidad, sin demasiados filtros, con humor. Y con una idea muy sencilla de lo que está bien y lo que está mal.

—Por eso yo le dije a Claudia que necesitábamos tantos millones de pesos para las carreteras.

Y ahí menciona una cantidad de millones de pesos que no alcancé a anotar.

Y más adelante:

—O por eso Claudia intentó terminar con esa mafia del maíz transgénico.

Y es entonces cuando me percato de que Claudia es Claudia Sheinbaum.

No hay protocolo. No hay reverencias. No hay esa distancia que uno suele escuchar cuando alguien habla de la presidenta de México. Para él es simplemente Claudia. Claudia como si fuera su comadre.

Y mientras lo escucho hablar pienso que quizá eso también explica algo del padre Pistolas: que no parece demasiado interesado en guardar las formas. Ni con la pistola. Ni con la misa. Ni con nadie.

Y por fin se devela el misterio de la caja de muerto.

El padre la abre.

Y empieza a sacar cosas: Chetos, Takis, Mayonesa, Cátsup, Salsa Valentina.

Las va sacando una por una y las avienta al suelo con desprecio.

—¡Viejas pendejas! ¡Les dan Choco Krispis a sus hijos!

Y entonces empieza con las salchichas y explica de qué están hechas para que entendamos que eso no es comida. La caja de muerto termina convertida en una especie de altar de la comida que el padre considera basura.

Y mientras él va sacando productos y pendejeando a las madres que se los damos a nuestros hijos, uno empieza a entender que sus pláticas de salud no son exactamente consultas médicas. Son otra cosa. Son sermón. Son regaño. Son espectáculo. Y son educación, pero sobre todo, son una conversación permanente con la gente.

La misa estaba anunciada para la una de la tarde y a la una el padre todavía tenía una fila de unas 30 personas esperando su consulta. Hacen fila y esperan a que el padre los revise uno por uno. Él no parece tener ninguna prisa.

Y mientras tanto uno observa todo aquello y piensa que quizá así funciona Chucándiro: al tiempo del Padre Pistolas, o al tiempo que se le da su chingada gana porque la plática no empezó a las 10, ni la misa a la 1.

En la larga fila, uno tras otro se forman con sus análisis. El padre los recibe y empieza a preguntar.

—¿Eres chofer?

—¿Estás sentado todo el día?

—¿Qué tragas?

Mira los estudios. Pregunta. Regaña. Y de pronto sentencia:

—Te vas a morir, güey.

A un lado de él se sienta una muchacha. Ella va anotando los remedios que necesita cada paciente. Cuando termina la consulta la persona pasa al siguiente puesto. Ahí están los remedios. Los pagan y se van.


En medio de todo eso el padre puede hablar de cáncer y dos minutos después estar hablando de almorranas. Puede pasar de una enfermedad grave a los oxiuros, de los alimentos a las tortillas y de las tortillas a Dios. Todo cabe en aquel patio.

También cabe el diablo. El padre habla de él con una familiaridad desconcertante.

—¿Qué tal si me voy al infierno?

Hace una pausa.

—Por las dudas soy amigo del diablo. Si me voy al infierno, que no me ponga en lo más caliente.

En otro momento dice:

—No le tengo miedo ni a la muerte ni al diablo. Nomás le tengo miedo a esas viejas chichonas y nalgonas porque ahí sí está cabrón.

Hasta con el diablo tiene una relación de confianza. No parece temerle. Lo menciona como quien habla de un viejo conocido. Y también habla de Judas.

—Cristo tenía doce apóstoles. ¿Solo eran buenos? Uno lo traicionó, ¿cómo se llamaba?

Judas.

Y entonces hace el salto hacia los hijos.

—Sus hijos, ¿todos son buenos? No, dice él, hay rateros. Hay huevones. Hay inútiles. Hay quienes abandonan a sus hijos.

Y empieza a hablarles directamente a los padres. Al hombre que embarazó a una mujer y después abandonó al hijo. Al que no lo lleva a la iglesia, ni a la escuela, ni al parque. Y debajo de todas esas palabras hay algo que empieza a hacerse evidente. El padre no está hablando solamente de enfermedades ni de remedios. Está hablando de responsabilidad. De hacerse cargo de los hijos. De no abandonar. De no traicionar. De cuidar a quien depende de nosotros.

Y quizá ahí está una parte de lo que explica al Padre Pistolas porque no todo lo que hace ocurre dentro de la iglesia ni cabe en una plática de salud: están las escuelas, las carreteras, las obras que ha emprendido y también las cosas que ha conseguido para la gente de los lugares donde ha estado.

Uno puede estar de acuerdo o no con sus maneras, con sus remedios, con sus opiniones o con sus formas de decir las cosas, pero resulta difícil entender al Padre Pistolas si uno se queda solamente con las groserías.

Porque detrás de todo ese ruido hay también un hombre que lleva muchos años haciendo cosas.

Y quizá por eso, después de escucharlo durante horas, uno empieza a preguntarse dónde termina el personaje y dónde empieza Alfredo Gallegos Lara.



 

SE VA, PERO NO SE VA

Y cuando llega el momento de hablar de su retiro el padre tampoco se queda callado. Ahí está otra vez ese hombre que no parece dispuesto a que nadie le diga cuándo termina su historia. Lo dice manoteando y con voz firme:

—Que me van a quitar de padre, pendejos, me van a quitar del templo. De cura no me quitan hasta que me muera. Es más, ya muerto voy a seguir siendo cura.

Y ahí está todo.

Le pueden quitar el templo.

Le pueden quitar la parroquia.

Pero no el sacerdocio.

Ni al padre Pistolas.

Porque para él una cosa es dejar de ser el párroco de San Nicolás Tolentino y otra muy distinta dejar de ser cura.

Lo que susurra el aire para los que no somos de Chucándiro es que el padre ya se va.

El 23 de octubre tendrá que dejar la parroquia de San Nicolás Tolentino. La Arquidiócesis de Morelia le pidió la renuncia con fundamento en el canon 538.3 que establece que los 75 años es la edad que establece el Derecho Canónico para los párrocos. La Arquidiócesis no le concedió el año que había solicitado para terminar su casa y una capilla que tiene en construcción a las afueras del pueblo.

Pero en Chucándiro la noticia parece tener otra lectura.

A la entrada del atrio estaba Johan, un muchacho güero y joven que me cuenta que le ayuda al padre a moler las plantas de los remedios. Cuando le preguntamos:

—Oiga, ¿que ya se va el padre?

Nos contestó:

—No, no, no se va. Sí se va a ir, pero a su casa, que está aquí arribita, rumbo a Huandacareo. Aquí todo va a seguir normal. Él va a seguir dando su misa y dando sus pláticas y todo va a seguir normal.

Esa es la lectura que uno escucha en Chucándiro porque el padre Pistolas, que no deja demasiado espacio para las interpretaciones, dijo: “Ya me jubilé, pero aquí me voy a quedar, hasta que me muera.”

Así que el 23 de octubre el padre Pistolas se irá.

Pero se irá a su casa.

A unos cuantos minutos de la parroquia. Y desde ahí, según ha dicho él mismo, seguirá atendiendo a los enfermos, trabajando en sus obras y viviendo en Chucándiro.

Cuando uno lo ve sentado en su patio hablando con su gente cuesta imaginarlo jubilado. No parece un hombre de 75 años. O mejor dicho: sí tiene 75 años, pero no parece tener un espíritu de 75 años. Tiene un espíritu joven. Jovial. Inquieto.

Por eso en Chucándiro hay algo extraño en esta despedida.

El padre se va.

Pero no se va.

Deja la parroquia.

Pero se queda en el pueblo.

Deja de ser el párroco.

Pero no deja de ser el padre Pistolas.

Y quizá por eso el aire de Chucándiro no huele todavía a despedida.

Huele simplemente a que el padre va a cambiar de casa.

Y nada más.

Porque el padre Pistolas puede dejar el templo. Puede cambiar de casa. Puede jubilarse. Pero como él mismo dice: de cura no lo quitan hasta que se muera.

Y quizá ni entonces.


Me voy de Chucándiro con la imagen del padre que de la nada se arranca y canta:

“Granada, tierra soñada por mí…” Es Granada, de Agustín Lara.

Me voy de Chucándiro con el Padre que pide que agradezcamos a Dios por la lluvia.

Me voy de Chucándiro con el padre que les dice a los padres de familia que enseñen a sus hijos a amar a México.

Me voy pensando en este quijote michoacano, aunque sea de Guanajuato.

Me voy pensando en el cantante, en el sacerdote que atiende a los enfermos, en el hombre que construye carreteras, en el que usa sombrero, la hebilla con la pistola y la funda vacía, en el que habla de Claudia sin apellido, en el que cuenta chistes y dice groserías.

Ese es el padre Pistolas.

Quizá por eso pensé otra vez en Don Quijote.

No porque el padre Pistolas sea un personaje salido de un libro, sino porque Alfredo Gallegos, como aquel hombre de La Mancha, terminó construyendo un personaje que ya camina por el mundo por cuenta propia.

Alfredo Gallegos es el hombre.

Padre Pistolas es el personaje.

Y en Chucándiro, como en La Mancha, ya nadie parece tener demasiado claro dónde termina uno y empieza el otro.



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