To Be or Not to Be

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El día que mi mamá me sacó del colegio de las monjas para entrar a cuarto de primaria en una escuela pública donde dejaríamos ser hijas del verbo encarnado y convertirnos en Hijas del Ejército, a mi mamá lo que más le preocupaba era que mi hermana y yo dejáramos de aprender inglés. Hay que decir que con las monjas nos daban un inglés que a la distancia me parece muy rudimentario, pero si tomamos en cuenta que eran l os gloriosos y desglobalizados años ochentas, se entiende que no pasábamos del  What's your name?  y del  one, two, three, yellow, love, mother , chicken y en esas andábamos  cuando, ya de hijas del ejército, mi mamá nos empezó a mandar por las tardes al Instituto Norteamericano que estaba en el centro de Morelia y donde yo les puedo jurar que me hice más moreliana que la combi roja ruta 4 que era en la que nos subíamos con mi hermana para llegar a nuestras clases de inglés.  Yo tendría unos ocho o nueve años. Entonces no se robaban a las niñas y n...

De la serie: me encanta existir.







Siempre que llegamos con Naty, ella a veces le dice a Juan: cuéntame un chisme. Y Juan siempre se queda así como que no sabe qué decirle.

Bueno, en el chisme del que me ando acordando hoy es de cuando hace ya más de una década y media me divorcié de mi primer marido exclusivamente para casarme con el segundo. Se imaginarán lo que significaba en un rancho como lo era entonces Morelia, dejar una vida con un hombre que además era muy amado en su ámbito para irme con el segundo que para mi buena o mala fortuna, también era muy querido y famoso en su círculo y que a su vez había dejado a la mujer con la que tenía hijas y todo para, ya les dije, casarse conmigo. Y yo quedé, no sé por qué, bueno si sé por qué, en medio, como la peor de las peores peorsísimas.

Y lo que fue de veras un infierno y que les resumo en un párrafo es sólo para contarles que por aquellos años me hice de un poder que consistió en ser invisible. Y asi, invisible, iba yo por la vida y por la calle apasionada de los morelianos que tomaron partido (nunca a mi favor) y entonces me sucedía que me encontraba personas que me dejaban con el saludo en los labios porque eso, yo era invisible y de plano no me veian, ni me escuchaban.

Hasta eso pronto asumí mi nuevo poder de invisible y luego luego y a conveniencia, me hice además, ciega, y así, cuando en la Avenida Madero o en los portales veía venir de frente a algún conocido, pues eso, me hacía la ciega para evitarme el mal t-rato.

Eso duró tres o cuatro años y cuando a mis atributos se le agregó el de loca, mejor me cambié de ciudad donde volví a tener alma y cuerpo y espíritu y muchas ganas de reescribir mi historia. Lo hice con relativo éxito, trepada en unos taconsotes de 12 centímetros al sur de la Ciudad de México, donde dejé de ser un fantasma.

Pero luego llegué a Puebla, donde te pasa que te encuentras a la gente y de la nada, no te saludan. No tienes que ser la peor señora del mundo, un día nomás así, no se les da la gana devolverte el saludo. No es nada personal, lo juro. Sólo un día te dejan con la mano de hola levantada. Y luego sólo se justifican con que ¡ay, así son los poblanos!. Y pues si, así son pero se siente feo porque perdón pero yo no soy invisible, porque eso ya fui y no me gustó y ahora mismo no estoy a modo de nadie, ni me parecen las amistades para las que a veces si estás, pero luego no y pa andar atinándole, está cañón. No tengo ganas.

Díganme traumada. Soberbia. Neurótica. No soy ni seré invisible más nunca. Ni sorda. Ni ciega.
Existo.
Y me encanta existir.

He dicho. 

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