To Be or Not to Be
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El Juan y yo, nos hemos ido de muchos lados por muy diversas razones.
Hemos dejado ciudades, casas, amigos, trabajos, amores y hasta mascotas en un largo etecé de circunstancias.
A nosotros nunca nos había pasado que nos
desalojasen de ningún lugar, pero antier, con más de mil padres, asistimos al
que fuese nuestro colegio desde hace 6 años, para recoger todas las
pertenencias de nuestros hijos, ante el tono grave de un comunicado institucional que nos decía
que ya después “sería imposible recogerlas”.
En diciembre me encontré en el zocalito de San Pedro Cholula con mi amiga Rocío que vino a verme de Cuernavaca. Caminábamos hacia el kiosko de la plaza entre la algarabía de sus hijos y de la nada me preguntó: oye amiga ¿y metiste a Juan en ese colegio porque quieres que se vaya a estudiar a Alemania? Yo me quedé pensando y sólo le dije: no, no es por eso. Y ella muy sorprendida me dijo: ¿y entonces por qué lo metiste allí? Y a mí sólo se me ocurrió decirle: porque la primera vez que fui a ver la escuela, se me hizo hermosa. Ella se rio no muy convencida de mi respuesta ante por qué tengo a mi hijo en un colegio alemán, ha de ver pensado que qué tonta yo con eso de que solo porque está bonito.
Ya que se fue mi amiga, me quedé pensando en que la
verdad es que si de algo puedo estar agradecida, es que las cosas más
maravillosas siempre han llegado de manera fortuita, sorpresiva e inesperada
a nuestra vida.
Cuando yo llegué al Humboldt a la entrevista con la directora del kínder, ya me habían puesto en la lista de espera de otro colegio al que ya no llegué. En aquella época, a mi me daba pavor llegar sin marido a una reunión de ese tipo y le pedí a mi amigo David que me acompañara. Ese día salimos tempranito del entonces llamado DF y recuerdo que en la carretera, en la subida de Río Frío, nevó y caían copos de nieve sobre el parabrisas y yo no lo podía creer! Ya que llegamos a Puebla, sobre el periférico, los volcanes se anunciaban todos nevados y hermosos y yo, que los veía así por primera vez, pensé que era como una bienvenida.
Llegamos directito al Humboldt y atravesamos un patio y una ciclopistita que
tuvimos que esquivar entre niños que pasaban hechos la mocha en sus bicicletas.
Apenas había yo entrado y ya lo tenía decidido: aquí quiero que venga mi Juan. En esos años, el Juan era tan chilango y yo trabajaba tanto que ni chance habíamos
tenido de aprender a andar en bici y yo sólo me lo imaginé en ese lugar en su
bicicleta.
Ya en la oficina, recuerdo a Ingrid,
la directora, una mujer alemana altísima que con unos enormes ojos verdes, un
guanengo con bordados verdes también y con un perfecto español apoblanado me
dijo que allí eran partidarios de respetar la niñez, que no esperara yo que al
Juan lo pusieran con la lectoescritura porque el kínder era para desarrollar la
psicomotricidad jugando, cantando, dibujando, andando en bici (no me dijo que todo eso, en alemán). Me pareció
perfecto porque entonces recordé que en mis tiempos, del kínder salías sólo con la A, E, I, O, U y al Juan con 5 años ya lo traían en friega con aprender a
leer.
Salí de allí eufórica. Y le dije
a David, ¿si verdad? Y el otro me dijo: ¡por supuesto chiquilla!
Mi señal siempre fue Humboldt, a quien yo conocía bien de mis tiempos de historiadora de viajeros
y Humboldt me dio la señal de que ese sería nuestro lugar, nuestro "cuerno de la abundancia" particular (
Ya que llegamos a instalarnos a Puebla, la
verdad es que fue tremendo llegar al Humboldt. Juan angustiado me decía al
principio: es que hablan puro alemán, puro alemán mamá! mientras pintaba
monstruos y soles opacados por la oscura noche. Pero un día, sin darnos cuenta,
se acostumbró y su mente asimiló todo aquello y volvió a pintar jardines con mamás con pelo amarillo que brillaban bajo el enorme y precioso sol poblano.
Yo en el camino me fui
convenciendo de que sin querer y por pura corazonada habíamos caído en un lugar
que nos gustaba y nos gustaba mucho y luego supe que personas que yo admiro y
hasta quiero sin conocerles personalmente, pasaron por un colegio alemán: Juan Villoro, José Revueltas,
Mario Benedetti. Y esa era mi otra señal de que vivir en Puebla, por el
Humboldt, valía la pena.
Y así, el Juan y yo crecimos
entre el Nein Nein Nein de la mujer que le enseñó matemáticas a mi hijo, la
misma que nos mandó llamar a las mamás mexicanas cuando empezamos la primaria
sólo para decirnos dos cosas: 1) dejen a sus hijos en paz con la
lectoescritura, todos aprenden a diferentes tiempos y 2) que la natación era
obligatoria, que no nos iba a aceptar que nuestros hijos faltasen porque llovió,
porque hace frío o porque tienen gripa. Me cayó bien Erika, a quien después
distinguí como la directora que se paseaba por todo el colegio hablando a
gritos en un español muy germanizado y característico sólo de ella. Con ella fuimos cuando a Juan con 8 años lo
molestaban dos chamacos y vivía aterrorizado de día y de noche. Pedí cita con
ella, (que era como pedir cita en el Vaticano) cuando la situación fue insostenible, me aprendí un discurso para parecer
mesurada y para cuando me dieron la cita y llegué hecha una fiera, ella ni
siquiera me pasó a su oficina, agarró a Juan del hombro y le dijo: a ver vente, vamos
a buscarlos y en el camino me cuentas bien quién te está molestando y se fueron
juntos escuela adentro a solucionar la pesadilla del Juan que terminó ese día
de manera definitiva y para siempre.
El Humboldt empezó en 1911 con 10
alumnos. En 1964 se fundó la planta Volkswagen en Puebla y eso significó que
con el tiempo parte de su alumnado fuese de origen alemán. Yo ni en cuenta de
todo esto cuando caímos acá. Para cuando nosotros llegamos en 2016, el colegio
tenía 1700 alumnos. Este año, en este mes, cumplió 111 años que me parece un
número hermoso y entre la pandemia y sus problemas legales, que hasta hace unos días ignorábamos, pasó su aniversario totalmente desapercibido. Antes de la
pandemia, cada aniversario llevaban un pastelote que partían en la explanada del
que Juan se quejaba amargamente: mamá y no nos dieron
ni una rebanadita de pastel y era pretexto para ir a
comprar uno y partirlo con los amigos el viernes por la tarde en la casa.
Hoy estaba agendada la foto de la generación para el anuario que ya hoy, no les tomaron. A cambio, hemos recibido
fotografías por el chat de mamás que muestran mudanzas cargando computadoras, sillas,
escritorios y hasta trapeadores. Mudanzas que van a sabrá Dios dónde
porque lo único real es que nos hemos quedado sin campus. Para mi, el más bonito campus
que existe en México. Siempre se lo dije al Chato: tú asistes a la escuela más
bonita de todo México. Y él, me creía. Pobre. Ahora me arrepiento porque le duele
mucho ya no tener su escuela.
Hoy por la mañana llegó a
preguntarme: ¿mamá, qué dijo AMLO del Humboldt? Y sólo entonces entendí que
para él ¡es algo tan importante que el mismo presidente de México debe
mencionar en su perorata matutina y decir algo, por favor! ¿cuándo les van a regresar su escuela? Si
supiera mi Chato que las mamás de sus compañeros dicen que seguro la expropió
el gobierno en el afán de convertirnos en Venezuela.
Así las cosas.
Mis únicas amigas poblanas son las mamás de los amigos de mi hijo y hemos pasado en tres días por todos los estados de ánimo: el día uno, del desalojo: incredulidad. Sorpresa. ¿Qué está pasando? Día dos: enojo. Día tres: tristeza. ¿Debemos ya buscar otra escuela?
Quise ponerle a este relato “los
huérfanos de Humboldt” pero en realidad somos como los hijos de un matrimonio
que ha decidido divorciarse de la peor manera y donde el marido decide quedarse
con todo y echa a la mujer de la casa con los hijos, a la calle.
Yo no sabía que estaba apegada a
ese lugar, como sucede siempre cuando uno pierde algo de manera inesperada que uno considera seguro. Se queda uno con un hueco que habrá que llenar.
¿Por qué tienes a tu hijo en un colegio alemán? Pus no sé, supongo que para cantar las mañanitas en alemán, para hacer banderitas alemanas el 3 de octubre al mismo nivel de las mexicanas el 15 de septiembre, para tomar cerveza en el Oktoberfest, no sé. No sé. Pero nos gustaba. Amamos y vivimos muchos años felices en ese lugar.
Allí aprendió Juan
a andar en bicicleta, a leer, a defenderse, allí conoció a sus personas favoritas. El Humboldt
fue su segunda casa todos estos años.
La situación es complicada y habrá
que pensar en el Plan B con el enorme deseo de que si regresamos a cumplir 112
años, ora si nos den pastel. Y que ya los poblanos reivindiquen a Humboldt y lo pronuncien Jumboldt y no Umbol, por favor.
¡Hermoso relato como siempre!
ResponderEliminarLos cambios siempre son para bien, o al menos eso me he metido en la cabeza yo y al final me convence la vida de que así es.
Un abrazo para ti y otro para Juan.
Hilda
Como no amar el Humboldt después de que los acogió y dio la seguridad que uno necesita después de un gran cambio como lo es mudarse de ciudad, denle las gracias siempre por todo y ojalá logren recuperarlo o hacer unas nuevas instalaciones. Hermoso relato, ya hasta quiero a la directora alemana.
ResponderEliminarMi Edu querida, en cuanto me enteré del desalojo, pensé en ti y en Juan. Estoy, mas bien estamos, pues mis sobrhijas son exHumbolt, consternadas. Creo que pronto les avisarán que regresen a sus actividades escolares, ya lo verás. VW tendrá o el propio Alexander Humboldt desde donde esté, intercederán para que todo vuelva a la normalidad, por el bien de los chicos, por el bien de la educación. Te mando un beso y dime, como me inscribo a tu Blog
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