To Be or Not to Be

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El día que mi mamá me sacó del colegio de las monjas para entrar a cuarto de primaria en una escuela pública donde dejaríamos ser hijas del verbo encarnado y convertirnos en Hijas del Ejército, a mi mamá lo que más le preocupaba era que mi hermana y yo dejáramos de aprender inglés. Hay que decir que con las monjas nos daban un inglés que a la distancia me parece muy rudimentario, pero si tomamos en cuenta que eran l os gloriosos y desglobalizados años ochentas, se entiende que no pasábamos del  What's your name?  y del  one, two, three, yellow, love, mother , chicken y en esas andábamos  cuando, ya de hijas del ejército, mi mamá nos empezó a mandar por las tardes al Instituto Norteamericano que estaba en el centro de Morelia y donde yo les puedo jurar que me hice más moreliana que la combi roja ruta 4 que era en la que nos subíamos con mi hermana para llegar a nuestras clases de inglés.  Yo tendría unos ocho o nueve años. Entonces no se robaban a las niñas y n...

Cuenca






Un día, no sé exactamente cuándo, decidí que siempre sí quería ser madre. Yo tenía entonces 30 años y en un país extranjero dije, me dije: si, si quiero ser mamá (de un niño).  

Vivíamos en Madrid, en la calle Hortaleza 70 donde Robustiano, un señor bajito, narizón, muy gruñón y con un montón de llaves al cinto de un pantalón gris o café que usaba muy arriba de su cintura, nos rentaba un departamento desde donde yo, te invoqué. 

Meses antes de ese día en que acostada en mi cama nueva de Ikea me acaricié el vientre y dije, si, si quiero ser mamá y cuando en medio de un caos, planeamos escaparnos a España, yo ni me acordé de comprar un suministro de pastillas anticonceptivas para un año, que era lo que duraría el primer exilio de nuestra vida. Teníamos tantas cosas y tantos problemas encima en aquel momento, que agarré el vuelo transatlántico sin mis Jazmin. Cuando me dí cuenta, se lo dije a tu entonces "no papá" y dijimos que buscaríamos un ginecólogo y así, por un par de meses, nos cuidamos al ay se va mientras explorábamos una nueva ciudad donde nadie nos conocía, ni nos perseguía, ni nos juzgaba, donde nunca antes habíamos estado y todo era tan nuevo y tan luminoso. 

El primer mes nos lo echamos en un amueblado por La latina hasta que encontramos a Robustiano arriba de una óptica y a unas cuadras de la TAI que era donde tu papá, que aún no sabía que iba a ser tu papá, entró para hacer un máster en cinematografía. Después, sobre nuestra misma calle de Hortaleza, encontramos la panadería de los Onofre -donde venden el único pan que yo añoro en la vida- y la antigua imprenta de Benito Perez Galdós, donde había una escuela de escritura en donde un hombre que se hacía llamar Edu, como llamaban también a la que entonces tampoco sabía que sería tu mamá pero en hombre y nos convenció ese mismo día en que me inscribí en el Máster de escritura. Se llamaba Hotel Kafka y me encantaba todo de él: su nombre, su gente, los escritores, el Jack Daniels, los libros, las historias llenas de tinta y de palabras que por entonces descubrí y de las que ya no me solté nunca. 

Y así, entre viajes a Ikea que se encontraba donde da la vuelta el pinche viento compramos: una cama, una mesa, una lámpara, sábanas, un sofá, y allí, arriba de una óptica, en una calle que guardaba todo el ruido del mundo y sin saberlo nadie, comenzó a engendrarse tu historia.

Una mañana, enredada en las sábanas nuevas, yo le dije: Siempre si quiero mi bebé. Él, parado al pie de la cama volteó a mirarme con sus cejotas y me dijo: Quieres? Si quiero, dije. Bueno, dijo y se fue al baño. 

Un día, meses después, llegaron los abuelos a visitarnos. Ellos tampoco sabían que después de su visita madrileña, serían abuelos, solo la abuela que es bruja, ya intuía algo pero no me lo dijo en ese momento. Y paseándolos por nuestros escondites madrileños favoritos un día el abuelo me dijo que él quería que yo lo llevara a un pueblo de nombre Cuenca. Yo, aunque nunca había ido ni nunca lo había escuchado siquiera mencionar, le decía que había lugares más bonitos como Segovia o Toledo, pero no, imposible. Ya conoces al abuelo, él sólo quería que yo lo llevara a Cuenca, y así lo hicimos.

Cuenca se encuentra al norte de Madrid, al norte. El norte, que es donde dicen que geográficamente se supone siempre son más posibles los sueños. Tu papá, sólo de pensar en agarrar el Cercanías, un tren destartaladísimo, dijo que tenía clase o un rodaje o algo y no fue y así, partimos tu abuela, tu abuelo y yo hacia Cuenca que se encontraba en algún lugar de La Mancha cuyo nombre y coordenadas, siempre recordaré. 

A la distancia, agradezco a tu abuelo que nos arrastró a ese pueblo prehistórico con casas que se aferran, colgando, con las uñas y desde hace siglos, a sus cerros rocosos. Rascacielos medievales les dicen en las guías de viajes a las casas que cuelgan en Cuenca mijito.  Y allí, vagando entre callejones, como si me preguntara quieres una nuez?, tu abuela me preguntó: y bueno no me vas a hacer abuela?

 - Ora si ya quiero má. 

- Y qué dice tu marido? 

- Que como yo quiera y seguimos por los callejones.

Más adelante, ella encontró una iglesia que parecía cerrada y al estilo de tu abuela que se mete en donde quiere sin pedir permiso, me dijo ´ven´ y abrió la puerta, nos metimos y arbitrariamente y sin pedirme autorización, ni decirme nada, hizo lo que voy a contarte: le pidió a una virgen desconocida y extranjera, un nieto. Tú.

Años después, desde Puebla que es la tercer ciudad donde tú y yo vivimos ahora, me tocó andar investigando cuál era la iglesia en la que me dijo ´ven´ porque andaba limpiando su clóset allá en Morelia y me dijo: Mira, me encontré la medallita de la virgen a la que le pedí a Juanito y me la mandó por whatsapp. Yo no sabía o no me acordaba que tu abuela le había pedido eso a una virgen y me puse obsesiva a buscar cuál es la virgen a la que tengo que ir un día a decirle: gracias virgencita por mi hijo que te pidió mi mamá hace doce años. Es más Chato, tú también tienes que acompañarme a decirle gracias a la virgencita esa que es la de La Luz y un día iremos a Cuenca, donde pidieron por ti y que fue una ciudadcita primero y un pueblote republicano después hasta que ya no lo fue.  Allí también se hacían paños y alfombras desde el siglo XV y a mí me gusta pensar que allí, como artesanas, las mujeres de tu estirpe, empezamos a tejerte como una idea, como un deseo, como un sueño suspendido en el aire pero bien agarrado de las rocas, de una de esas ventanas de los edificios colgantes de Cuenca.

Y otro día, tu tía Naty, andaba allá cerca de Barcelona y nos dijo, vengan, vamos a cenar. Nosotros ya teníamos a tus hermanas instaladas en Madrid bajo mucha presión pero tu papá dijo, bueno vamos. Agarramos el AVE a Barcelona a donde llegamos al hotel al caer la tarde. Desde nuestra habitación frente a un ventanal se veía todo el Mediterráneo y la costa de Barcelona y lo recuerdo como un sueño. Nos arreglamos y salimos a cenar con tu tia Naty y otros amigos. Y esa noche al regresar al hotel, él, con el Mediterráneo de testigo, me dijo: ven que ya pues te voy a dar a tu hijo. Y yo fui. Y al día siguiente volvimos muy temprano en el tren de las 8 a Madrid con tus hermanas. 

Los días que siguieron, con una velocidad violenta a Natalia, tu hermana, se la llevaron al campamento a Vichy. Después viajamos al norte, a Santander en un roadtrip al ritmo de Luis Pescetti con María cantando en el asiento trasero. Y en un pueblo asturiano que se llama Siejo, yo empecé a tener sueño, mucho sueño. Al dia siguiente, en otro pueblo que no recuerdo el nombre, no quise vino y me volvió a dar sueño a medio día, y cuando desperté dos horas más tarde, me puse a hacer cuentas. 

Bajando hacia Madrid, ya en Segovia, me latía fuerte el corazón y entonces ya yo estaba segura, que ya venías en camino.


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