De todos los nombres que ha tenido Puebla, el que más me gusta es el que la nombra como el *Relicario de América* porque me la imagino así en chiquito, metida con su exacta traza adentro de una cajita donde están su Catedral gris y su capilla del Rosario con todo y la vitrina de oro que exhibe a esa virgen triste por su niño que se quedó dormido allá en Guatemala. También coloco en esa cajita a la biblioteca Palafoxiana y la Lafragua bien acomodaditas como tesoros con todos esos libros con olor a lignina, que es como dicen que se dice para describir el olor de las bibliotecas.
De Puebla, también me gusta imaginarme a Motolinia, que en realidad se llamaba Toribio de Benavente y que todos conocemos así: Motolinia que es una palabra que proviene del náhuatl: motōlinīa, que significa 'el que es pobre, el que se aflige, el que anda necesitado' y que en realidad no corresponde a un nombre propio sino a un estado existencial: estar en pobreza, vivir en carencia.
El contexto de esta anécdota proviene de cuando los doce frailes franciscanos llegaron a México en 1524 y caminaron descalzos, con hábitos raídos, sin posesiones desde Veracruz hasta México. Cuentan que los nahuas que los veían pasar decían entre sí compadecidos:
“Motolinía, motolinía”
(“¡Qué pobres están!, ¡qué miserables!”)
Toribio escuchó repetidamente esa palabra y preguntó qué significaba. Al entenderla, la asumió conscientemente como nombre, porque encajaba con su ideal franciscano de pobreza evangélica y en adelante se hizo nombrar Fray Toribio Motolinia.
A él le encomendaron buscar dónde poner una ciudad que fuera de exclusividad española la cual se debería ubicar, de preferencia, lejos de los indígenas que Motolinia tanto amó después y entonces a mí me gusta imaginármelo todo afligido de semejante petición caminando a 'pata raiz' desde Tlaxcala hasta que se encontró con el lugar que hoy es Puebla.
De Puebla también se sabe que era un territorio muy antiguo que se hacía llamar Cuetlaxcoapan que en náhuatl significa: donde las serpientes cambian su piel. Aquí encontramos los rastros más antiguos de los primeros sembradores de maíz, y ni qué decir del Popocatépetl con sus miles de años, vigilandolo todo, de este lado, junto a una mujer, que dicen, duerme.
Y entonces pienso en nuestra historia con el Juan en esta ciudad y pienso en las serpientes y creo que eso nos ha pasado, aquí hemos mudado nuestra piel y hemos tardado años en hacerlo, aquí hemos sufrido pero también reído y nos hemos acostumbrado a sobrevivir en un lugar bellísimo pero hostil, pero luego pienso que a nosotros no nos gustan las cosas facilitas así que diario hacemos el ejercicio de un día a la vez y hemos aprendido a movernos por acá, así, quietecitos, sin hacer mucho ruido.
Esta mañana, le he dicho al Juan que este año nos propondremos a amarla, a ella, a Puebla, y le he prometido no maldecir a los automovilistas poblanos todos los días, sin darme cuenta que ya la amamos con todos sus contrastes, porque como dice la leyenda, los mismísimos ángeles bajaron a construirla, por eso en el escudo de la ciudad leemos: Dios mandó a sus ángeles para que te cuiden en todos tus caminos y nosotros que en ese cambio de piel, entre otras cosas, nos hicimos creyentes, lo creemos fervorosamente, Dios cuida nuestro camino en esta hermosa ciudad de Puebla de los Ángeles. (o de Zaragoza, cómo quieran llamarle según anden, católicos o patrióticos.)
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