To Be or Not to Be

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El día que mi mamá me sacó del colegio de las monjas para entrar a cuarto de primaria en una escuela pública donde dejaríamos ser hijas del verbo encarnado y convertirnos en Hijas del Ejército, a mi mamá lo que más le preocupaba era que mi hermana y yo dejáramos de aprender inglés. Hay que decir que con las monjas nos daban un inglés que a la distancia me parece muy rudimentario, pero si tomamos en cuenta que eran l os gloriosos y desglobalizados años ochentas, se entiende que no pasábamos del  What's your name?  y del  one, two, three, yellow, love, mother , chicken y en esas andábamos  cuando, ya de hijas del ejército, mi mamá nos empezó a mandar por las tardes al Instituto Norteamericano que estaba en el centro de Morelia y donde yo les puedo jurar que me hice más moreliana que la combi roja ruta 4 que era en la que nos subíamos con mi hermana para llegar a nuestras clases de inglés.  Yo tendría unos ocho o nueve años. Entonces no se robaban a las niñas y n...

Auguro un final feliz







Teníamos tan mala suerte desde que llegamos a Puebla que me hice una especie de esotérica aficionada a encontrar señales de buena suerte en todos lados: la caca de pájaro sobre la mesa de la terraza cuenta o tiene que ser a fuerza sobre el hombro derecho?,
un vocho rojo surcando el Arco Norte,
petirrojos que pasaban volando cerca de nosotros allá en el yoga el domingo, 
tréboles en nuestras macetas en temporada de lluvias, siempre de tres hojas los desgraciados, pero qué le hace igual son tréboles, pensaba mi mente extraña y a veces retorcida.

Un tiempo por algunos días se postró una lechuza en un poste enfrente de la casa, señal que investigué y que me puso felicísima presintiendo que la mala racha había pasado por fin porque dicen que las lechuzas enfrente de los hogares significan que una etapa nueva se abre camino, pero la verdad la verdad, era que todos los días sin excepción los que se aparecían toooodas las mañanas eran unos pajarracos negros de ojos amarillos en la bardita de la ventana que da a la terraza de mi cuarto, zanates les dicen elegante y mexicanamente pero la verdad es que son urracas y no cantan bonito y su trinar es más bien estridente y molesto y la que había en mi vecindario, además, era una plaga, si, una plaga de urracas que atacaban los botes de basura y no daban tregua con eso de la buena suerte, por lo que las cacas de pájaro en la mesa también quedaban eliminadas por default como señales de buena suerte. 

Abandoné la idea de los pájaros y recurrí a signos que fueran más explícitos: un día íbamos por una brecha en Chipilo y en una barda se leía: AUGURO UN FINAL FELIZ, “auguro” qué bonita palabra, sonaba a una especie de sortilegio que presagiaba eso: el final de “algo” creado especialmente para nosotros pero la verdad es que simplemente estábamos en el pueblo este donde hay italianos que hablan el dialecto chipileño que es como hablar en italiano pero con tono mexicano y al auguri italiano hay que decirle auguro. Empezaré a utilizar esa palabra. Es bellísima: augurar en vez de presagiar, presentir, predecir.  Y entonces pensé:  qué pendejada eso de augurar, lo que hay que cambiar es la palabra augurar por *crear* y abandonar la idea de andar augurando por la vida y crear, crear, crear no un final feliz sino un presente feliz, estable, en paz.  Y en cierto sentido es más fácil construir el día a día en vez de andar por allí pronosticando, adivinando , pensando que todo esto depende de asuntos tan absurdas como los pájaros. 

Así que dejé en paz a los pájaros. Pobres. Y sin dejar de hacer las cosas más obvias para, al revés, no atraer cosas de mala suerte evitaba pasar debajo de la escalera, procuraba, cuando me acordaba, poner primero el pie derecho en el piso al levantarme por las mañanas o por ejemplo hoy me encontré con una calle que se llama Octavio Paz, entonces me digo: fácil, así como me decía Ogarrio para desearme suerte cuando nos fuimos a vivir a México: Que San Juan Rulfo te acompañe, que San Pablo Neruda te guíe, me decía por entonces el Ogarrio. Asi que hoy lo traigo y pienso en que San Octavio Paz me custodie este día en que mi hijo anda de vacaciones y que sus ojos azules muertos e incinerados -a falta de unos ojos vivos azules que ya no quieren mirarme-, guíen mi camino de hoy, que me acompañen en mi camino, en mis pensamientos de hoy. 
Así las cosas. 
Feliz sabadito amigos, voy a limpiar las cacas de mis bellas urracas angelopolitanas.








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