To Be or Not to Be

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El día que mi mamá me sacó del colegio de las monjas para entrar a cuarto de primaria en una escuela pública donde dejaríamos ser hijas del verbo encarnado y convertirnos en Hijas del Ejército, a mi mamá lo que más le preocupaba era que mi hermana y yo dejáramos de aprender inglés. Hay que decir que con las monjas nos daban un inglés que a la distancia me parece muy rudimentario, pero si tomamos en cuenta que eran l os gloriosos y desglobalizados años ochentas, se entiende que no pasábamos del  What's your name?  y del  one, two, three, yellow, love, mother , chicken y en esas andábamos  cuando, ya de hijas del ejército, mi mamá nos empezó a mandar por las tardes al Instituto Norteamericano que estaba en el centro de Morelia y donde yo les puedo jurar que me hice más moreliana que la combi roja ruta 4 que era en la que nos subíamos con mi hermana para llegar a nuestras clases de inglés.  Yo tendría unos ocho o nueve años. Entonces no se robaban a las niñas y n...

Somos hijas del Verbo Encarnado, hay acaso nobleza mayor?




Allá, en Morelia, por algún tiempo, mis hermanas y yo, fuimos hijas del Verbo Encarnado, lo que sea que eso signifique haber ido al Anglo Español con las monjas en un edificio que entonces me parecía muy grande de ladrillos blancos que olían a yeso, a nuevo. El piso del patio era de color negro y caliente y cuando te tropezabas, te quedaban piedritas negras con arena enterradas en las rodillas y era horrible sacar eso de una herida abierta porque había que tallarle con un cepillito. El edificio estaba nuevecito y nos tocó la mudanza del centro de Morelia que estaba situado enfrente del templo conocido como el “de las monjas” -valga la redundancia- a la calle que también sonaba como de monja: María Concepción Solís. Eran tiempos de monjas.  Literal.

Adentro, los pupitres eran unas banquitas dobles, entonces muy modernas que se abrían para guardar los libros y estaban pintados de un verde brilloso de acrílico sobre el cual se quedaban pegadas las libretas que en aquel tiempo se forraban de un plástico muy grueso y que al abrir entre el plástico de las libretas y el barniz del pupitre olía delicioso: una combinación entre papelería con tlapalería que bien podría ser el olor representativo de mi niñez, ese olor único de ferretería que se revolvía con el del papel y el plástico, sin olvidar el toque del olor de la punta de los lápices, que nos hacían poner en un botecito de jugo jumex que tenía que ir forrado para el arte de sacarle punta a los colores desde tu lugar.

Arriba del pizarrón, cada salón tenía la foto de una monjita,  Jeanne Chézard de Matel que a mí se me imaginaba una niña pero en realidad era la fundadora de la Orden del Verbo Encarnado en Lyon, Francia en el siglo XVII. Como ven, no éramos de Inglaterra como pregonaba el nombre del colegio y más bien éramos franceses cosa que no supimos nunca. Tampoco nos enteramos muy bien de qué era eso tan abstracto de ser Hijas del Verbo Encarnado que nos hicieron cantar hasta el cansancio después del recreo cuando ensayábamos para el 50 aniversario del Colegio, el cual celebraríamos nada más y nada menos que en la mismísima catedral de Morelia cantando nuestro orgulloso y glorioso himno, el cual les puedo cantar a la perfección y de preferencia arriba de una banca o de un podio o de algo vaya, el tema es hacerlo como la madre superiora, desde arriba de algo y con mucho sentimiento inflar el pecho mientras lo entonas.

Ya les he dicho que mi hermana Andy odiaba ese colegio, yo nomás de recordarla la evoco pálida adentro del uniforme ese azul marino que te acaloraba horrible en primavera y que te congelaba en el invierno. Y el otro día le dije por whatsapp, oye manis y de qué te acuerdas del Anglo? Ella sin dudarlo me dijo a la primera: “de su maldito uniforme, tieso, como su sistema educativo y su cuello de plástico que agarrabas con la cadenita de cortaúñas”. Le mandé caritas amarillas desas que están llorando de la risa en respuesta, pero de trasfondo hay recuerdos de grandes e interminables debates  porque siempre perdíamos la famosa cadenita –no como Carmen la de la canción eh-  porque en cuanto salíamos nos lo quitábamos, era opresor ese cuello de plástico definitivamente, sudabas de donde uno nunca suda: de los hombros. Debimos tener muchos cortaúñas en la casa en aquel entonces con el fin de obtener las  cadenitas, y mi mamá, nos decía un día sí y otro también, vete a la farmacia del gordo a ver si tiene porque la verdad, ya todos se los habíamos comprado previamente pero no importaba: los cortauñas regados por toda la casa nos eran muy útiles porque las célebres monjas todos los días, al entrar al salón, nos revisaban las manos con el fin de que las lleváramos limpias y recortadas. Era despótico ese colegio, entonces yo no lo veía así pero mi mamá ha llegado a decir que incluso a ella la educaron esas mojas, imagínense! Y un día se le acabó el negocio al gordo de la farmacia porque descubrimos  que la cadenita era sustituible por el plastiquito que cierra una bolsa de un pan bimbo, menos glamoroso que la cadenita, pero servía igual.

Pero bueno no todo eran monjitas, también había un padre. El padre Jaime se llamaba. Debió ser joven pero no se le notaba más que en su espíritu que era sonriente, tenía barriga y sobre ella postraba su acordeón y con él pasaba como tambaleándose de izquierda a derecha por el pasillo cantándonos canciones y entonces tenían ustedes al Padre Jaime cantando con su dientito frontal chueco y sus ojos saltones color aceituna, sonriente, siempre sonriente, la canción esa del otro padre, la del Padre Abraham que tenía diez hijos, que no comía, que no dormía, que estaba de mal humor…. Y en esa extravagancia de ser Hijas del Verbo Encarnado que en realidad era ser hijas de Jesús con toda su pureza, estaba también el padre Abraham con sus diez hijos, no era eso una incongruencia? Ya sé, estoy blasfemando.

Sin embargo, si algo me queda de aquel colegio donde pasé parte de mi niñez, es la buena ortografía, tanto en español como en inglés que me instruyeron dos distinguidas y refinadas señoras que fueron la Señora Roa y la Miss Rebeca de las cuales Andy recuerda perfectamente el olor de su perfume, a “fino”, en tiempos en que casi nadie utilizaba perfume. Y claro, me queda también casi como un tatuaje, el lema que se leía por todas partes de ese enigmático edificio: “Semper fidelis”  que se traduce como: “Siempre fieles”. Porque hay que ser fieles con una misma, yo digo, aunque ellas lo pusieran por ser fieles con Dios, yo lo acomodo a lo mío, a serme fiel porque es difícil ser fiel a uno mismo y trae siempre muchos problemas y se consigue en muchos años y con mucho trabajo, pero se puede, se puede llegar a ser siempre fiel a uno mismo, a no traicionarte,  a ser fiel a tus principios, a tu esencia, a tu ser, aunque no sea a al estilo Juan Pablo Segundo, y les juro que es el camino que considero más correcto para la vida de cualquier ser humano.

Todo esto lo traigo acá, porque me encontré con esta bella fotografía limpiando los libros de la casa. Somos Andy y yo con la edad de Juanpi metidas en el célebre uniforme, adivinaron, es del glorioso cincuenta aniversario allá en Morelia, en la mera catedral, dónde más? Y yo tenía miedo porque mis zapatos no eran negros sino guindas, pero es que le había dado tanta lata a mi mamá con que quería unos zapaos de charol, que después de mucho convencerla porque ella decía que los zapatos de charol eran de ranchera, pues bueno, esos tocaron ese día y yo no podía decir nada porque jodí mucho con ellos y aunque deliraba de chocante con mis zapatos, le pedía al Dios que está allí guardado en la catedral de Morelia, que la monja no notara que no eran negros, sino guindas. Pero bueno, eran de charol y yo me sentía soñada. Y quedó esta fotografía. Naty sería bebecita entonces, y ella para nada lució este uniforme años después como nosotras, ella lo llevaba hermosamente al estilo minifalda, hay una foto, la voy a buscar, pero es que a Naty todo le queda hermoso. Hasta el uniforme del Anglo-Español.

Me despido cantando el himno, porque lo traigo aquí, pegado a la mente:

Somos hijos de Verbo Encarnado,
Hay acaso nobleza mayor?
Invoquemos su nombre sagrado
Y entonemos un himno en su honor…

Verbo eterno, tus hijos ama-antes
A ti claman con férvido anhelo
Y eleva los ojos al cie-elo
Esperando …. Tu paz

Sus plegarias acoge benigno
a sus ruegos inclina tu fre-ente
y de graaaciaaaa copioso torrente
en sus almas derrama Oh Señor!



Comentarios

  1. Somos hijas del Verbo Encarnado,
    ¿Hay acaso nobleza mayor?
    Invoquemos su nombre sagrado
    Y entonemos el himno en su honor. (bis)

    Verbo Eterno, tus hijos amantes
    a Ti claman con férvido anhelo
    y elevan los ojos al cielo
    esperando les muestres tu faz.

    Sus plegarias acoge benigno
    a sus ruegos inclina tu frente
    y de gracia copioso torrente
    en sus almas derrama Oh Señor.

    Somos hijas del Verbo Encarnado…

    Corazones a Ti consagrados
    y que tienen por único anhelo
    extender Tu reinado en el suelo
    que por patria les diste, Señor.

    Son Oh Cristo las huestes triunfantes
    que a tu nombre su vida ofrendaron
    y en la lucha gloriosa clamaron:
    ¡Gloria, gloria para Ti, Rey inmortal.

    Somos hijas del Verbo Encarnado…

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