Allá,
en Morelia, por algún tiempo, mis hermanas y yo, fuimos hijas del Verbo
Encarnado, lo que sea que eso signifique haber ido al Anglo Español con las monjas
en un edificio que entonces me parecía muy grande de ladrillos blancos que
olían a yeso, a nuevo. El piso del patio era de color negro y caliente y cuando
te tropezabas, te quedaban piedritas negras con arena enterradas en las
rodillas y era horrible sacar eso de una herida abierta porque había que
tallarle con un cepillito. El edificio estaba nuevecito y nos tocó la mudanza
del centro de Morelia que estaba situado enfrente del templo conocido como el
“de las monjas” -valga la redundancia- a la calle que también sonaba como de
monja: María Concepción Solís. Eran tiempos de monjas. Literal.
Adentro,
los pupitres eran unas banquitas dobles, entonces muy modernas que se abrían
para guardar los libros y estaban pintados de un verde brilloso de acrílico sobre
el cual se quedaban pegadas las libretas que en aquel tiempo se forraban de un
plástico muy grueso y que al abrir entre el plástico de las libretas y el
barniz del pupitre olía delicioso: una combinación entre papelería con
tlapalería que bien podría ser el olor representativo de mi niñez, ese olor
único de ferretería que se revolvía con el del papel y el plástico, sin olvidar
el toque del olor de la punta de los lápices, que nos hacían poner en un
botecito de jugo jumex que tenía que ir forrado para el arte de sacarle punta a
los colores desde tu lugar.
Arriba
del pizarrón, cada salón tenía la foto de una monjita, Jeanne Chézard de
Matel que a mí se me imaginaba una niña pero en realidad era la fundadora de la
Orden del Verbo Encarnado en Lyon, Francia en el siglo XVII. Como ven, no
éramos de Inglaterra como pregonaba el nombre del colegio y más bien éramos
franceses cosa que no supimos nunca. Tampoco nos enteramos muy bien de qué era
eso tan abstracto de ser Hijas del Verbo Encarnado que nos hicieron cantar
hasta el cansancio después del recreo cuando ensayábamos para el 50 aniversario
del Colegio, el cual celebraríamos nada más y nada menos que en la mismísima
catedral de Morelia cantando nuestro orgulloso y glorioso himno, el cual les
puedo cantar a la perfección y de preferencia arriba de una banca o de un podio
o de algo vaya, el tema es hacerlo como la madre superiora, desde arriba de
algo y con mucho sentimiento inflar el pecho mientras lo entonas.
Ya
les he dicho que mi hermana Andy odiaba ese colegio, yo nomás de recordarla la evoco
pálida adentro del uniforme ese azul marino que te acaloraba horrible en
primavera y que te congelaba en el invierno. Y el otro día le dije por
whatsapp, oye manis y de qué te acuerdas del Anglo? Ella sin dudarlo me dijo a
la primera: “de su maldito uniforme, tieso, como su sistema educativo y su
cuello de plástico que agarrabas con la cadenita de cortaúñas”. Le mandé caritas
amarillas desas que están llorando de la risa en respuesta, pero de trasfondo
hay recuerdos de grandes e interminables debates porque siempre perdíamos
la famosa cadenita –no como Carmen la de la canción eh- porque en cuanto
salíamos nos lo quitábamos, era opresor ese cuello de plástico definitivamente,
sudabas de donde uno nunca suda: de los hombros. Debimos tener muchos cortaúñas
en la casa en aquel entonces con el fin de obtener las cadenitas, y mi
mamá, nos decía un día sí y otro también, vete a la farmacia del gordo a ver si
tiene porque la verdad, ya todos se los habíamos comprado previamente pero no
importaba: los cortauñas regados por toda la casa nos eran muy útiles porque
las célebres monjas todos los días, al entrar al salón, nos revisaban las manos
con el fin de que las lleváramos limpias y recortadas. Era despótico ese
colegio, entonces yo no lo veía así pero mi mamá ha llegado a decir que incluso
a ella la educaron esas mojas, imagínense! Y un día se le acabó el negocio al
gordo de la farmacia porque descubrimos
que la cadenita era sustituible por el plastiquito que cierra una bolsa
de un pan bimbo, menos glamoroso que la cadenita, pero servía igual.
Pero
bueno no todo eran monjitas, también había un padre. El padre Jaime se llamaba.
Debió ser joven pero no se le notaba más que en su espíritu que era sonriente, tenía barriga y sobre ella postraba su
acordeón y con él pasaba como tambaleándose de izquierda a derecha por el
pasillo cantándonos canciones y entonces tenían ustedes al Padre Jaime cantando
con su dientito frontal chueco y sus ojos saltones color aceituna, sonriente,
siempre sonriente, la canción esa del otro padre, la del Padre Abraham que
tenía diez hijos, que no comía, que no dormía, que estaba de mal humor…. Y en
esa extravagancia de ser Hijas del Verbo Encarnado que en realidad era ser
hijas de Jesús con toda su pureza, estaba también el padre Abraham con sus diez
hijos, no era eso una incongruencia? Ya sé, estoy blasfemando.
Sin
embargo, si algo me queda de aquel colegio donde pasé parte de mi niñez, es la
buena ortografía, tanto en español como en inglés que me instruyeron dos
distinguidas y refinadas señoras que fueron la Señora Roa y la Miss Rebeca de
las cuales Andy recuerda perfectamente el olor de su perfume, a “fino”, en
tiempos en que casi nadie utilizaba perfume. Y claro, me queda también casi
como un tatuaje, el lema que se leía por todas partes de ese enigmático
edificio: “Semper fidelis” que se traduce como: “Siempre fieles”. Porque
hay que ser fieles con una misma, yo digo, aunque ellas lo pusieran por ser
fieles con Dios, yo lo acomodo a lo mío, a serme fiel porque es difícil ser
fiel a uno mismo y trae siempre muchos problemas y se consigue en muchos años y
con mucho trabajo, pero se puede, se puede llegar a ser siempre fiel a uno
mismo, a no traicionarte, a ser fiel a tus principios, a tu esencia, a tu
ser, aunque no sea a al estilo Juan Pablo Segundo, y les juro que es el camino
que considero más correcto para la vida de cualquier ser humano.
Todo
esto lo traigo acá, porque me encontré con esta bella fotografía limpiando los
libros de la casa. Somos Andy y yo con la edad de Juanpi metidas en el célebre
uniforme, adivinaron, es del glorioso cincuenta aniversario allá en Morelia, en
la mera catedral, dónde más? Y yo tenía miedo porque mis zapatos no eran negros
sino guindas, pero es que le había dado tanta lata a mi mamá con que quería
unos zapaos de charol, que después de mucho convencerla porque ella decía que
los zapatos de charol eran de ranchera, pues bueno, esos tocaron ese día y yo
no podía decir nada porque jodí mucho con ellos y aunque deliraba de chocante
con mis zapatos, le pedía al Dios que está allí guardado en la catedral de
Morelia, que la monja no notara que no eran negros, sino guindas. Pero bueno,
eran de charol y yo me sentía soñada. Y quedó esta fotografía. Naty sería
bebecita entonces, y ella para nada lució este uniforme años después como
nosotras, ella lo llevaba hermosamente al estilo minifalda, hay una foto, la
voy a buscar, pero es que a Naty todo le queda hermoso. Hasta el uniforme del
Anglo-Español.
Me
despido cantando el himno, porque lo traigo aquí, pegado a la mente:
Somos
hijos de Verbo Encarnado,
Hay
acaso nobleza mayor?
Invoquemos
su nombre sagrado
Y
entonemos un himno en su honor…
Verbo
eterno, tus hijos ama-antes
A ti
claman con férvido anhelo
Y
eleva los ojos al cie-elo
Esperando
…. Tu paz
Sus
plegarias acoge benigno
a
sus ruegos inclina tu fre-ente
y de
graaaciaaaa copioso torrente
en
sus almas derrama Oh Señor!
Somos hijas del Verbo Encarnado,
ResponderEliminar¿Hay acaso nobleza mayor?
Invoquemos su nombre sagrado
Y entonemos el himno en su honor. (bis)
Verbo Eterno, tus hijos amantes
a Ti claman con férvido anhelo
y elevan los ojos al cielo
esperando les muestres tu faz.
Sus plegarias acoge benigno
a sus ruegos inclina tu frente
y de gracia copioso torrente
en sus almas derrama Oh Señor.
Somos hijas del Verbo Encarnado…
Corazones a Ti consagrados
y que tienen por único anhelo
extender Tu reinado en el suelo
que por patria les diste, Señor.
Son Oh Cristo las huestes triunfantes
que a tu nombre su vida ofrendaron
y en la lucha gloriosa clamaron:
¡Gloria, gloria para Ti, Rey inmortal.
Somos hijas del Verbo Encarnado…