To Be or Not to Be

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El día que mi mamá me sacó del colegio de las monjas para entrar a cuarto de primaria en una escuela pública donde dejaríamos ser hijas del verbo encarnado y convertirnos en Hijas del Ejército, a mi mamá lo que más le preocupaba era que mi hermana y yo dejáramos de aprender inglés. Hay que decir que con las monjas nos daban un inglés que a la distancia me parece muy rudimentario, pero si tomamos en cuenta que eran l os gloriosos y desglobalizados años ochentas, se entiende que no pasábamos del  What's your name?  y del  one, two, three, yellow, love, mother , chicken y en esas andábamos  cuando, ya de hijas del ejército, mi mamá nos empezó a mandar por las tardes al Instituto Norteamericano que estaba en el centro de Morelia y donde yo les puedo jurar que me hice más moreliana que la combi roja ruta 4 que era en la que nos subíamos con mi hermana para llegar a nuestras clases de inglés.  Yo tendría unos ocho o nueve años. Entonces no se robaban a las niñas y n...

RECUERDOS FAMILIARES


RECUERDOS FAMILIARES CON LA MEJOR MUJER AL FRENTE: MI MAMÁ ❤️

A mi me gusta recordar a mi mamá, jovensisima, con su pelo corto, cocinando cuando me decía, ¿me ayudas a pelar las papas? y seguía cantando sus canciones de Silvio Rodriguez.

Cuando yo nací, mi mamá era la maestra de una ranchería rural a la que llamaban Rancho Nuevo, ignoro si es el nombre real o si así le decían por eso, porque era nuevo. Y en cuanto nací yo, ella quedó embarazada de mi hermana Andrea, a quien ella nombró como ella, por lo que para cuando nació mi hermana Andy yo apenas cumplía un año. De mí, cuentan las muchachas del rancho, que ahora son señoras, y lo cuentan muertas de la risa, que cuando yo era bebé se escuchaba mi llanto hasta la calle, por lo que ellas, que iban en cuarto año o algo así, iban a la casa de la maestra y le decían, maestra qué tiene Nené  y que mi mamá enfadada, porque dice que desde bebé yo lloraba de la nada y no había poder humano que me consolara y que ya desde entonces se me veía venir el carácter este así tan difícil que tengo, pues dejaba  que las niñas me llevaran en brazos a la calle, dicen que sólo así dejaba de llorar y que desde bebé era vaga pues  en cuanto ponían un pie en la calle yo pasaba del llanto a la risa, loca pues, como dice mi mamá.

Años después, cuando a mi mamá le dieron su casa, resultó que un colegio nos quedaba a dos cuadras, por lo que nos fuimos con las monjas.... "Odio a esa monja, cochina, marrana” decía mi hermana cada que salíamos del colegio con nuestras loncheras. Mi mamá trabajaba lejos y mi papá para entonces estaría haciendo la residencia en León, así que cuando mamá salía a las siete de la mañana nos dejaba peinadas, vestidas y con el desayuno sobre la mesa. En la radio nos ponía el programa de un señor que se anunciaba como “El Romano”  del 570 AM y antes de salir me decía a mí, la mayor:
- Cuando “El Romano” diga que faltan quince para las ocho o siete cuarenta y cinco se van al colegio. Te fijas muy bien al atravesar la calle. No te olvides de darle siempre la mano a tu hermana. Cierras bien la casa. Apagas la radio. Y se iba. Yo, con los dedos contaba las instrucciones.
Por supuesto nunca me esperaba a que faltaran quince para las ocho y en cuanto acabábamos de desayunar, que era más o menos diez o quince minutos después de que ella se iba, apuraba a mi hermana y salíamos de la casa. Uno, apagaba el radio. Dos, cerraba bien la puerta no sin antes cerciorarme que traía la llave de la casa colgada al cuello con un hilito color rojo. Tres, agarraba de la mano a mi hermanita. Cuatro, me fijaba bien al atravesar. Nunca llegaba al cinco porque correspondía a la instrucción en la que debía esperar a las 7:45 por lo tanto cuando llegábamos al colegio era tan temprano que el portón siempre estaba cerrado. Nosotras nos sentábamos en el escalón a esperar hasta que salía bien el sol, a que una monja abriera la puerta y a que empezaran a llegar los niños del colegio.
Mi hermana, odiaba ese colegio, su mayor indemnización a lo que consideraba un colegio horrible consistía en llamar a la Miss Margarita, Miss Márgara y la Miss Amalita sólo era la Miss Amala, muy mala, la más mala.
Una mañana en que esperábamos a que saliera el sol y a que abrieran y a que llegaran los demás niños, la mismísima Madre Superiora en persona, que era para nosotras como el Papa pero en señora, vino a abrirnos el portón y nos dijo que era mejor que esperásemos adentro. Y así lo volvió a hacer al día siguiente y al siguiente y durante años todas las mañanas durante media hora, el edificio enorme, el colegio entero, nos pertenecía, sin monjas y sin Amalas y Márgaras y las “niñas de los moñitos”, como nos empezó a decir la Madre Superiora, jugábamos con el colegio entero para nosotras solas y Andita era la más feliz porque le gustaba tener el pasamanos para ella sola, así como le gustaba y pasaba todo el tiempo colgada de él como un chango sin que le preocupara que nadie le viera los chones. Regresábamos a casa, con mi llave que guardaba como un tesoro en el pecho, y mi mamá nos compraba muchas galletas para que comiéramos mientras ella llegaba a hacer la comida.

Hubo días en que acompañábamos a mi mamá al Rancho, y como a veces no pasaba el camión que nos llevaba hasta allá, avanzábamos en el camino y nos íbamos caminando por la brecha con otros maestros y era muy divertido porque era como ir de día de campo. Entre los maestros de ese rancho había uno que era muy amigo de mamá, él se llamaba Fidel y la llamaba “guereja” y él era filósofo y siempre le regalaba libritos a mi mamá, de él escuché por primera vez del mito de Sísifo y de la piedra de Prometeo que él encontró en un libro que se llamaba Prometeo mal encadenado. Y por él yo hojeaba los libros de Rius que como tenían dibujitos, me llamaban la atención. Había uno del Mito de la Virgen de Guadalupe o Cuba para Principiantes, por lo que desde temprana edad me metí en cuestionamientos ideológicos que definitivamente han marcado mi vida. En ese rancho había vacas afuera de la barda de piedras de la escuela y también un ojo de agua al lado de un pirul, y a través de esa barda nos pasaban del otro lado el almuerzo que consistía en los huevos revueltos con frijoles y tortillas más deliciosos del mundo. Jamás he vuelto a probar el sabor de unos huevos así.

El suplicio de ser Hijas del Verbo Encarnado terminó cuando a mi mamá le dieron la permuta a Morelia y nos llevó con ella a su nueva escuela, y así de un día a otro pasamos de ser las Hijas del Verbo Encarnado a ser simplemente las Hijas del Ejército, como se llamó nuestra nueva escuela y que se llamaba así por estar ubicada al lado de la 21 Zona Militar. Parece una metáfora eso de dejar de ser Hija del Verbo Encarnado para pasar a ser Hija del Ejército, pero no lo es porque nuestro mundo cambió radicalmente porque además pasamos a ser las hijas de mi mamá, las hijas de la “maestra Andrea”. Y de ser cerrado, oprimido, sufridor, se abrió ante nuestros ojos un mundo luminoso y feliz con mi mamá. Allí yo llegué a cuarto año y entre los nuevos cambios de mi vida está el hecho de que teníamos a la mano a mi mamá allí en el salón de cuarto año grupo B y después fui muy feliz porque acá, en la pública, resultó que no era de las burras, como allá, todo lo contrario, era de las más listas, de las que tenían mejor letra y no se diga la ortografía que allá me había metido con sangre una señora copetuda, muy arreglada y perfumada, que se llamaba la señora Roa la cual nos ponía a temblar cada que anunciaban: ahí viene la señora Roa. Bueno, era tan radical todo en la educación pública, que hasta podría decirse que era de las favoritas de mi nueva maestra, algo impensable en el  Anglo Español, acá también estrené eso de tener muchas amigas y hasta cumplí mi sueño de ser parte de la escolta, en el Anglo las niñas me molestaban mucho, ni me acuerdo porqué, pero me la pasaba mal, sobre todo una niña de nombre Chela Cantoya de quien no me olvido ni me olvidaré. Ahora que tengo a mi hijo, no puedo entender la maldad de ciertos niños, Chela Cantoya fue el terror para mí. En la Hijos tenía un maestro de atletismo, el maestro Toñito y él me decía “mi campeoncita” y hasta medallas me saqué una vez en la carrera de 300 metros. También fui a un campeonato estatal de basquetball, y allí si no ganamos pero por primera vez viajé sola a un flamante lugar llamado Tacámbaro donde también por primera vez probé el chocomilk porque mi mamá que siempre se preocupó por nuestra alimentación, nos daba algo horrible pero muy nutritivo llamado Calcetoce, por lo que en nuestra nueva vida, todo parecía ganancia, no importaba que en esta nueva escuela los baños fueran inmundos y que a veces tuvieras que barrer y trapear el salón, según te tocara en la listita. No importó nada, es más, me encantaba trapear. Fui feliz de Hija del Ejército.

Con Andy, siempre andábamos juntas. Jugábamos a las comiditas y con una piedrita molíamos plantas para hacer los platillos, también teníamos nuestras bicicletas a las que le poníamos en la llanta trasera un tetra pack de leche que entonces se llamaba leche “Cuadritos”, lo cual nos hacía sonar como que íbamos en moto, también andábamos en patines hasta que nos sangraban las rodillas y nos salían ampollas, los sábados nos íbamos al Venus y allí, en la misma alberca donde se conocieron mis papás, aprendimos a nadar, aún recuerdo la sensación de salir con los dedos marcados con las rayitas del piso de tanto agarrarnos de la orilla. También jugábamos al banco porque un tiempo mi sueño era ser cajera del banco y millonaria, hasta que descubrí que las cajeras no eran millonarias, los martes era un día especial porque era el día que salían nuestras historietas y con la moneda que nos regalaba mi abuelita Angelita yo compraba Memin Pinguin y Archie y mi hermana a la pequeña Lulú y Periquita los cuales devorábamos ese mismo día para esperar con ansia el próximo martes en que saliera el nuevo número. Había tardes en que nos íbamos caminando con las vecinas hasta el bosque Cuauhtémoc donde el objetivo era llegar a comprar churros de azúcar a Villalongin para agarrar fuerzas y caminar de regreso hasta la casa. Todo esto con mi mamá, nuestra mamá, nuestro mundo entero.

 Mi mamá era nuestra Reina Maga, y cuando unas primas ya mayores nos dijeron que los reyes Magos eran nuestros papás, fuimos a preguntarle si era cierto, ella, nos dijo que si y a partir de entonces jamás esperamos al 6 de enero y en la noche del cinco, ella, mi hermana y yo abríamos los regalos y nos dormíamos nochísimo. Mi mamá también siempre nos celebró los cumpleaños, y como Andy cumple el 6 de abril y yo el 23 siempre nos hacía la fiestita juntas, preparábamos juntas pastel y tostadas de salpicón y mi abuelita venía de Pátzcuaro y nos traía toda clase de regalitos: desde pulseras y diademas y bolsitas hasta vestidos que ella misma nos confeccionaba, de hecho ella nos regalaba lo moñitos y a veces nos traía también unos trastecitos de barro que eran preciadísimos por nosotras para las comiditas. También venían los niños de la escuela, porque además éramos muy populares por ser las hijas de la maestra y por ese ciclo mi mamá también tenía amigas, una de ellas, Geo, tenía un Volkswagen y a veces así en miércoles saliendo de la escuela, nos subían a sus dos hijos y a nosotras, compraban pollos y arroz y nos llevaban a nadar a Cointzio, bien quitadas de la pena. Tenía otra amiga, Loydita y eran como muy felices, ella también tenía tres hijas con nombres que todos empezaban con la letra K, y con ella, así, aventureras, nos treparon a las seis niñas y nos llevaron a conocer el mar a Zacatula, en el camino casi nos quedamos sin gasolina porque ellas iban tan entretenidas platicando que nos desviamos a Nueva Italia y era para el otro lado, por allí por Infiernillo que se llama así porque de verdad es como una versión petite de lo que probablemente sea el infierno por el calor que hace allí, y porque se encuentra practicamente en medio de la nada, las ocho mujeres que íbamos con el alma en un hilo, encontramos gasolina en una choza que estaba provista de gasolina suelta que tenían en tambos, para gente despistada sin gasolina en medio de la nada, así como nosotras.  Pero conocimos el mar y nadamos en el Río Balsas. Ahora me pregunto de dónde sacaba dinero mi mamá para esas excentricidades?

Por aquella época nació mi hermana Naty, la menor. La joya de la Corona de todos. Naty desde bebé era algo hermoso, tan hermoso que hasta lloraba bonito. Su llegada fue como algo luminoso y para entonces, como ya no  alcanzaba para tanta colegiatura con las monjas, mi mamá vio necesario que fuésemos a clases de inglés y de música, y como hasta ahora me estoy dando cuenta de que fue muy vanguardista mi mamá en tiempos donde no pasaba que se robaran a las niñas, a mis 9 años y los 8 de mi hermana, un día nos subió a un camión con la Talli en brazos y nos dijo: les voy a enseñar, sólo por esta vez el camino y ya después van a ir y venir ustedes solitas, bueno no solitas porque ustedes siempre se van a acompañar, porque para eso son hermanas. Y nos enseñó el camino. Por  muchos años tomamos nuestro camioncito para viajar al centro de Morelia a tomar clases al Instituto norteamericano de inglés de cuatro a cinco y de cinco a seis nos atravesábamos a Bellas Artes a clases de solfeo con el maestro Boni, que fue un gran músico moreliano pero ya era muy viejito, tan viejito que llegaba caminando de manera lenta y balanceada hasta las cinco treinta porque se venía caminando de su casa, que quedaba como a diez cuadras, así que en ese tiempo nosotras lo gastábamos comprando bolis y viendo a los que tocaban el piano y soñábamos con que éramos pianistas, también nos metíamos a escondidas a ver los ensayos de las obras de teatro hasta que nos aprendimos todo el libreto, de tal modo que cuando invitamos a nuestros papás al estreno de la presentación de una de las obras, repetimos, como loros, junto los actores, la obra de teatro completa desde abajo del escenario. Y a mi mamá eso le dio mucha gracia. Aún recuerdo cómo empezaba: ¿Me escuchas o no? … Te escucho mujer, te escucho. Pues has de saber marido mío, que una cuando habla es por algo, que no soy yo de esas que se sueltan a hablar sin ton ni son…

Cuando regresábamos de las clases vespertinas, mi mamá, que tenía a Naty bebé, y que nos esperaba en la parada del camión con Naty con sus pelitos parados envuelta en un rebozo, nos hacía pasteles de naranja o de elote o polvorones o gorditas de nata. Muy bonito. Siempre haciendo quehacer mi mamá.  Y también lavaba, yo no sé por qué mi mamá no tenía lavadora, pero en la noche ella lavaba los pañales de Naty y con ese ruido, de mi mamá lavando los pañales, nos quedábamos dormidas.

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