Cuando nací, mi papá se fue corriendo a la casa de
sus papás, que quedaba a dos calles del hospital. Dicen que llegó feliz a decir
“ya nació, ya nació” y que cuando le preguntaron ¿y fue niña o niño?, entonces él se
quedó seco y dijo ay no sé, sólo sé que todo salió bien y que se regresó
corriendo al hospital a preguntar qué había sido su bebé. Mi papá tenía sólo
veinte años y yo me lo imagino muy muchacho y muy despistado y me gusta imaginármelo, feliz.
Después, él, mi papá, me nombró Edurne y yo muchos
años sufrí con mi nombre porque siempre que me preguntaban y cómo te llamas? E
inmediatamente después de que yo decía Edurne me decían: -cómo? Y yo volvía a
decir: Edurne, y mientras decía eso en mi mente me repetía como merolico: ahora me van a
preguntar, y de dónde es? Y luego: qué significa y ahora de adulta acá con los
poblanos, y tu familia es española? Así. Toda la vida. Yo decía y porqué no
nomás me pusieron Leticia o algo normal? Hasta que un día entendí que qué bonito
mi nombre y pasé del odio al amor con ser Edurne porque me di cuenta de que no había otra Edurne, al menos en Morelia,
de donde además he acumulado una serie de rebautismos que tienen voz, nombre,
época y vivencias como: Enduri, Eduda, Ediurne, Enrude, Seduerme, Enuner y la anécdota
épica cuando entré a la prepa y en público dije, después del acostumbrado,
cómo?- que me habían puesto así porque a mi papá le gustaba Serrat y atrás
Otamendi dijo: Menos mal que no le gustaba Café Tacuba, si no serías Rarotonga Farias. En esa misma época un amigo me decía María, porque se le hacía feo mi nombre pero a mí, vaya, que me gusta, me gusta mi nombre. Me lo puso por la canción de
Edurne que es una canción tristísima, algún día me pregunté por qué mi papá me pondría el
nombre de una historia tan triste; sin embargo con el tiempo, me doy cuenta que
la canción me gusta y sí me describe un poco, díganme pretenciosa, pero quienes
me conocen verdaderamente, me dirán que sí. Y eso, mi papá ya lo sabía.
Desde que fue muy joven, mi papá se interesó por la
poesía, le gustaba mucho Miguel Hernández y García Lorca y desde que éramos
chiquitas nos decía cosas como “verde que te quiero verde” mientras nos hacía
cosquillas y nos daba besos con baba hasta ponernos histéricas y desgreñadas, o
cantar con sus amigos canciones a las que él les ponía música con su guitarra:
“y yo que me la llevé al río pensando que era mozuela” que todos tarareaban de
tanto cantarlas, o sus composiciones, como aquella canción que le hizo a
Morelia que empezaba más o menos así: “Morelia bajo tus piedras yo nací una
mañana”. Mi papá y su guitarra, es inevitable recordarlo sin ella, sin su voz que es tipo Serrat. Un día, hace muchos años andaba yo en Buenos Aires y fuimos a un
lugar de tango, un lugar turistiquísimo, cuando de repente estamos ante un
escenario que se mueve de manera circular, las bailarinas bailan tango de
manera exagerada y aparece al centro con una luz dirigida un gaucho sentado en
una silla con su guitarra y el escenario dando vueltas y empieza: ¨Si yo
tuviera el corazón, tarantan tan tan, el corazón que diiiii; si yo pudiera,
como ayer, querer sin presentir...¨ la canción que desde niñita mi papá cantaba
arrebatado con su guitarra! se me agolpó en el pecho, no pude sino echarme a llorar porque era
como mi papá cantando pero en argentino y con micrófono y con unas argentinas
alrededor de él con sus lentejuelas todas apasionadas, esa canción que tanto
había oído tararear y tocar en la casa y que nunca había escuchado en otra voz
y que durante años pensé que él, mi papá, había escrito, que él, mi papá, le
había puesto música, pero ya Gardel se le había adelantado.
A mi papá le he copiado muchas cosas, la más
evidente y la que se me viene a la mente es a subrayar los libros de las frases
que quiero siempre tener presentes. Cuando él no estaba porque andaba o en el
servicio o en la especialidad o en la residencia de esa carrera interminable
que eligió estudiar, a mí me gustaba ir, con diez años más o menos, al librero
blanco que había en la casa y elegir al azar un libro, había uno, se llamaba
Ladera Este, de Paz y él dejaba, como si fuesen pistas de él, subrayados,
versos como: “Estoy atado al tiempo, prendido, prendado…” y me quedaba yo
atónita pensando en él así por días: a mi papá atado al tiempo, prendido,
prendado. También era fan de cosas aún más incomprensibles de Filosofía,
Paradigmas e Historia de la Ciencia y muchos, muchos libros del método
científico, autores que iban desde Stendhal, Kuhn, Eco o Mario Bunge. Había
libros de Freud también. Así de compleja es la mente de mi pá, por eso cuando
llegué a decirle que quería estudiar derecho, se me quedó mirando y me dijo con
las manos en los bolsillos, los hombros hacia arriba y las cejas levantadas:
derecho? Piénsalo mija. Ya después les dije que iba a entrar mejor a Historia y
los dos con mi mamá estuvieron conformes, pienso que hasta felices en lo que es mi hermosa
y entrañable familia cero convencional. Por eso, cuando me lo encuentro como
ensimismado a mi papá, supongo que está pensando algo muy profundo que puede
ser desde algún poema hasta alguna cuestión filosófica porque estoy convencida
de que de manera autodidacta y anónima, él también es filósofo, e hizo esa
carrera, la de filosofía a la par de la de medicina y pienso que si fuera menos
tímido, él podría darnos conversaciones tipo Eduardo Punset o Umberto Eco o
algo así. Pero mi papá es muy callado y yo, muchas veces, me dedico a adivinar
en qué andará pensando mi papito.
A mí me gusta mucho el papá que tengo. El otro día
andábamos las hijas despotricando de AMLO y él, calladito, porque así es
nuestro papá: silencioso, será que somos tres y sentirá que le echamos
montón?... No sé, pero él se dedica a escucharnos. Y un lunes le llamo y le
digo oye dónde andas, qué andas haciendo y me dice que anda con las Juventudes
de AMLO levantando el vivero que ya se estaba cayendo. Cuando colgué me di
cuenta de cuánto mi papá nos muestra lo que siente y lo que piensa, simplemente
haciendo cosas y me lo imagino haciendo el trámite, donde sea que se haga ese
trámite, para que los muchachos de AMLO, como él les dice, vayan a ayudarlo los
lunes al vivero.
Pero lo que más me gusta de mi papá es que es el
mejor oyente y lo que más admiro de él es que te escucha, aunque a veces
estés loca. Te escucha y te acompaña, no opina mucho porque no lo cree
necesario y aunque a veces parece que no está, él siempre está allí,
escuchándote y si puede echarse su cigarrito mientras lo hace, eso significa
que te está escuchando con más atención. Sus conclusiones a eventos donde yo me
desgarro las vestiduras son: “ajá”, “eso es”, “ey” y ya exagerando: “mira nada
más”. Y yo he aprendido a en ese ajá, encontrar su enorme amor, su increíble
comprensión, su hermosa solidaridad y su inmenso cariño y le agradezco que me haya nombrado Edurne porque es como llevarlo a él siempre conmigo. ❤❤❤
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