To Be or Not to Be

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El día que mi mamá me sacó del colegio de las monjas para entrar a cuarto de primaria en una escuela pública donde dejaríamos ser hijas del verbo encarnado y convertirnos en Hijas del Ejército, a mi mamá lo que más le preocupaba era que mi hermana y yo dejáramos de aprender inglés. Hay que decir que con las monjas nos daban un inglés que a la distancia me parece muy rudimentario, pero si tomamos en cuenta que eran l os gloriosos y desglobalizados años ochentas, se entiende que no pasábamos del  What's your name?  y del  one, two, three, yellow, love, mother , chicken y en esas andábamos  cuando, ya de hijas del ejército, mi mamá nos empezó a mandar por las tardes al Instituto Norteamericano que estaba en el centro de Morelia y donde yo les puedo jurar que me hice más moreliana que la combi roja ruta 4 que era en la que nos subíamos con mi hermana para llegar a nuestras clases de inglés.  Yo tendría unos ocho o nueve años. Entonces no se robaban a las niñas y n...

Esta vida pasteurizada





Este virus,  al que nos hemos ido acostumbrando primero con miedo y angustia, luego con rechazo e incredulidad, con aburrimiento, con encierros que parecen no tener fin. Con neurosis. Con calma y sin ella, con ilusión de que termine. A cinco meses que suman más de cien días, en una especie de acto de supervivencia sólo intento pensar amablemente que llegó para quedarse y acojo la realidad como esta ya solitaria y lenta forma de vida en la que aparentemente no nos pasa nada.


Parece un lejano tatuaje ese viernes de marzo, aquel en que recogimos a los niños del colegio, sin saber, que ya no volverían, por lo menos en el 2020 a ver a sus amigos y correr en el patio y desde entonces algo invisible, intangible y casi desconocido ha trastocado y alterado no sólo nuestras costumbres, sino nuestro pensamiento y nuestra manera de ser para bien y para mal de una manera así: buena y mala, blanca y negra, DUAL. Bipolar. Binaria. Águila y sol.

Hay días en que uno se pone virtuoso y se dice a uno mismo, claro, porque ya se ha  complicado lo de encontrarte con alguien y contárselo: será lo que sea pero la verdad la verdad he fomentado la relación con mi hijo, ajá eso es muy cierto, a nosotros, a Juan y a mí, se nos facilita el trato porque solo somos dos y los dos la verdad somos muy conscientes uno del otro y nos tomamos muy seriamente relacionarnos bien, tratarnos bonito, pero hay va la parte dual, saben qué? No  se me hace sano que estemos pegados como engrudo ahora sí literal 24/7. No como cuando usábamos la frase mamona de 24/7 para referirnos a que algo era exagerado. Ahora si aplica el estar con nuestros hijos 24/7 porque aunque cada uno esté en algún área de la casa, sabes exactamente qué está haciendo, sintiendo, comiendo, escuchando, hablando, pensando y para ser honestos, a mí me perturba que mi hijo me conozca tan bien, yo antes lo dejaba en el cole y yo era más o menos un misterio para él o yo hacía cosas que él a veces no sabía, como la alegría de mi logro matutino de correr 8 km en una hora… porque no sé si me asusta escuchar a mi hijo cuando viene y me dice te digo una adivinanza o te cuento un chiste y me lo dice y no sólo me escucho, también me veo y es como Zelig, habla como yo, piensa como yo, se ríe como yo y hemos tenido tanto tiempo juntos que le he mostrado todo lo que yo sé y soy. Y está bien, pero será? Yo añoro que sea viernes y que venga Berenice y se pongan en el piano y él escuche otra voz y huela a otra señora que le enseñe otras cosas que no sean nomás las que yo sé.  

He visto ante mis ojos cómo nos cuestionamos situaciones que antes no se deliberaban o pensaban tanto como ahora las salidas o las compras y hasta la alimentación y en cierta medida pienso que ha sido para bien porque las salidas, las compras y la comida, se han vuelto de calidad: ya no sales a lo pendejo o te das cuenta que antes salías a lo pendejo y la verdad es que las salidas se limitan a eso: a meras actividades de supervivencia como ir al súper por la comida, buscar caminar en el campo o en un lugar espaciado, aireado, donde al tema permanente del virus hay que agregarle el de que no te asalten, por favor. Las compras solo las necesarias, ni hay nada abierto para ir a comprar cosas y al Juan por ejemplo, un día le apretaban los calzones y dejó de usarlos, ya no hemos comprado más porque ahora ya no quiere y como estamos en casa, yo lo dejo, algún día retomaremos lo de los chones. Yo, fui a sacar unos tenis que ya había inhabilitado y bueno si están viejitos pero no me importa.Han dejado de importarnos las cosas materiales y con gratitud agradecemos lo que ya tenemos que a veces consiste en simplemente tener un gran día. Eso está bien, yo digo, aunque andemos como la chimoltrufia. 

Otra cosa que se me hace bien pero que no sé, es el tiempo. En yoga siempre te dicen que te ancles al presente y a mí me parecía algo muy difícil y hasta lo sufría porque yo a la hora de la meditación siempre estaba pensando en qué iba a hacer de comer, si tenía jitomates en el refri, si me iba a  alcanzar el dinero para llegar al fin de semana, si Juan hoy tiene natación. Hoy, de manera obligada y práctica, porque no encuentro otra forma de vivir cuerdamente, muchos aplicamos eso de vivir en el presente y nuestro futuro aplica, en mi caso, a ir mañana al súper. Para todo lo demás, nada. No existe el tiempo. Yo antes me preguntaba y le preguntaba a mi mana: y cuando nos irán a abrir las playas? Ahora la verdad nos queda tan poco ímpetu que ya ni eso llegamos a preguntarnos y a mí eso me preocupa porque cómo vivir sin la ilusión de que lleguen las vacaciones y llevar al Chato aunque sea a Veracruz? La situación nos ha obligado a vivir el ahorita y anclada estoy al presente del jueves por la noche en que mi escrito no quiere salir.

Bueno, no sé a ustedes, a mí ni ver películas me saca de este rollo, nada menos hoy en una película italiana veía yo Roma y la veía dual: tan hermosa pero tan indeseable con los miles de turistas, qué horror, imagínate, pensaba yo para mis adentros: millones de virus en el aire de Roma con ese gentío, ya ni les digo cuando veo que se besan dos desconocidos que acaban de conocerse, de hacer el amor, uf, ya ni les cuento. Con mi amigo Ogarrio nos trasnochamos por whatsapp divagando en qué chingados va a pasar con el amor sin abrazos, sin besos, sin fluidos? Y bueno nos deprimimos mucho y al final decimos inútilmente como una muletilla que guardas para cuando ya no sabes qué más decir: va a pasar, esto va a pasar nos decimos con nostalgia de algo.  

Hoy estoy harta. Por eso me andaba muriendo de otra cosa que no sea el pinche coronavirus e hice varias cosas que no están bien vistas socialmente en este momento:

Uno: hicimos una celebración a la que asistimos 4 personas adultas para celebrar a mi amiga Susi cumpliendo protocolo de Susana distancia que dejémonos de tonterías: no es real porque aunque no te saludes de beso y la llegada sea incómoda y fría y estés en un jardín al aire libre pues convives y te juntas pa la foto, y te pasas el salero y pones las mañanitas y entonces cantas y emites millones de salivas que sabrá Dios a donde van a parar.

Dos: comimos comida que llevaron nuestros amigos que consistía en tacos de cecina del mercado de Atlixco. Con crema y queso fresco y salsa. Muy rico. Yo no sabía o no me acordaba que la cecina se comiese con crema y queso. La crema era fresca, algo extinto y exótico.

Bueno pues que pocas veces he sentido que me muero y esta es una. Casi muero literal por unos tacos del mercado: Vómitos, fiebre, diarrea, escalofríos, huesos adoloridos, delirio y pensar como cuando el Juan fue a dos clases de catecismo: seguro ya me cayó el coronavirus y Dios me castigó por hacer un festejo en pandemia.

Y bueno resulta que me canso de querer una vida con la ilusión de reuniones con tu gente favorita donde te tomes fotos sin tener que pensar en la proximidad permitida, que mi panza a fuerza de productos naturales ultramegadesinfectados, vuelva a aguantar las colonias de bacterias de los mercados y los puestos callejeros, quiero vivir sin cruda social. Volver a sorprenderme con algo que diga Juan y que yo le pregunte y dónde escuchaste o sacaste eso. Volver a tener anticuerpos de tanto andar con las manos mugrosas. Volver a la inconsciencia de los besos con intercambio de millones de bacterias. Llevar a Juan a la ortodoncista sin que parezca un acto suicida porque además hay que llevarlo a que le saquen una placa donde tiene que meter su boca en un instrumento que si bien es desechable el solo hecho de imaginar todas las bocas que han entrado allí para hacer su placa, pues no, no es viable.

Qué cansada estoy de tanta precaución. De tanta desinfectada. De tanto alcohol del 96.  De esta vida pasteurizada.


Comentarios

  1. Edu, muy acertado lo que expones. Yo también ya estoy cansada del gel, del cloro, del alcohol, de ver a mis seres queridos, a tener miedo de salir. Me cae gordo el cubrebocas. En fin, no queda mas remedio que adaptarnos para sobrevivir. Te mando besos con gel

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  2. Me quedé con ganas de más de lo bien que fluyo con tu narrativa, cómo siempre un placer leerte¡¡

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