Este virus, al que nos hemos ido acostumbrando primero con miedo y angustia, luego con rechazo e incredulidad, con aburrimiento, con encierros que parecen no tener fin. Con neurosis. Con calma y sin ella, con ilusión de que termine. A cinco meses que suman más de cien días, en una especie de acto de supervivencia sólo intento pensar amablemente que llegó para quedarse y acojo la realidad como esta ya solitaria y lenta forma de vida en la que aparentemente no nos pasa nada.
Parece un lejano tatuaje ese viernes
de marzo, aquel en que recogimos a los niños del colegio, sin saber, que ya no
volverían, por lo menos en el 2020 a ver a sus amigos y correr en el patio y desde entonces algo
invisible, intangible y casi desconocido ha trastocado y alterado no sólo
nuestras costumbres, sino nuestro pensamiento y nuestra manera de ser para bien
y para mal de una manera así: buena y mala, blanca y negra, DUAL. Bipolar.
Binaria. Águila y sol.
Hay días en que uno se pone
virtuoso y se dice a uno mismo, claro, porque ya se ha complicado lo de encontrarte con alguien y
contárselo: será lo que sea pero la verdad la verdad he fomentado la relación
con mi hijo, ajá eso es muy cierto, a nosotros, a Juan y a mí, se nos facilita
el trato porque solo somos dos y los dos la verdad somos muy conscientes uno
del otro y nos tomamos muy seriamente relacionarnos bien, tratarnos bonito, pero
hay va la parte dual, saben qué? No se me
hace sano que estemos pegados como engrudo ahora sí literal 24/7. No como
cuando usábamos la frase mamona de 24/7 para referirnos a que algo era
exagerado. Ahora si aplica el estar con nuestros hijos 24/7 porque aunque cada
uno esté en algún área de la casa, sabes exactamente qué está haciendo,
sintiendo, comiendo, escuchando, hablando, pensando y para ser honestos, a mí
me perturba que mi hijo me conozca tan bien, yo antes lo dejaba en el cole y yo
era más o menos un misterio para él o yo hacía cosas que él a veces no sabía,
como la alegría de mi logro matutino de correr 8 km en una hora… porque no sé
si me asusta escuchar a mi hijo cuando viene y me dice te digo una adivinanza o
te cuento un chiste y me lo dice y no sólo me escucho, también me veo y es como
Zelig, habla como yo, piensa como yo, se ríe como yo y hemos tenido tanto
tiempo juntos que le he mostrado todo lo que yo sé y soy. Y está bien, pero
será? Yo añoro que sea viernes y que venga Berenice y se pongan en el piano y
él escuche otra voz y huela a otra señora que le enseñe otras cosas que no sean
nomás las que yo sé.
He visto ante mis ojos cómo nos
cuestionamos situaciones que antes no se deliberaban o pensaban tanto como
ahora las salidas o las compras y hasta la alimentación y en cierta medida
pienso que ha sido para bien porque las salidas, las compras y la comida, se
han vuelto de calidad: ya no sales a lo pendejo o te das cuenta que antes
salías a lo pendejo y la verdad es que las salidas se limitan a eso: a meras
actividades de supervivencia como ir al súper por la comida, buscar caminar en
el campo o en un lugar espaciado, aireado, donde al tema permanente del virus
hay que agregarle el de que no te asalten, por favor. Las compras solo las
necesarias, ni hay nada abierto para ir a comprar cosas y al Juan por ejemplo, un
día le apretaban los calzones y dejó de usarlos, ya no hemos comprado más
porque ahora ya no quiere y como estamos en casa, yo lo dejo, algún día retomaremos lo de los chones. Yo, fui a sacar unos tenis que ya había inhabilitado y
bueno si están viejitos pero no me importa.Han dejado de importarnos las cosas materiales y con gratitud agradecemos lo que ya tenemos que a veces consiste en simplemente tener un gran día. Eso está bien, yo digo, aunque andemos como la chimoltrufia.
Otra cosa que se me hace bien
pero que no sé, es el tiempo. En yoga siempre te dicen que te ancles al presente
y a mí me parecía algo muy difícil y hasta lo sufría porque yo a la hora de la
meditación siempre estaba pensando en qué iba a hacer de comer, si tenía
jitomates en el refri, si me iba a
alcanzar el dinero para llegar al fin de semana, si Juan hoy tiene natación. Hoy, de manera obligada y práctica, porque no encuentro otra
forma de vivir cuerdamente, muchos aplicamos eso de vivir en el presente y
nuestro futuro aplica, en mi caso, a ir mañana al súper. Para todo lo demás,
nada. No existe el tiempo. Yo antes me preguntaba y le preguntaba a mi mana: y
cuando nos irán a abrir las playas? Ahora la verdad nos queda tan poco ímpetu
que ya ni eso llegamos a preguntarnos y a mí eso me preocupa porque cómo vivir
sin la ilusión de que lleguen las vacaciones y llevar al Chato aunque sea a
Veracruz? La situación nos ha obligado a vivir el ahorita y anclada estoy al presente
del jueves por la noche en que mi escrito no quiere salir.
Bueno, no sé a ustedes, a mí ni
ver películas me saca de este rollo, nada menos hoy en una película italiana
veía yo Roma y la veía dual: tan hermosa pero tan indeseable con los miles de
turistas, qué horror, imagínate, pensaba yo para mis adentros: millones de
virus en el aire de Roma con ese gentío, ya ni les digo cuando veo que se besan
dos desconocidos que acaban de conocerse, de hacer el amor, uf, ya ni les cuento.
Con mi amigo Ogarrio nos trasnochamos por whatsapp divagando en qué chingados
va a pasar con el amor sin abrazos, sin besos, sin fluidos? Y bueno nos deprimimos
mucho y al final decimos inútilmente como una muletilla que guardas para cuando
ya no sabes qué más decir: va a pasar, esto va a pasar nos decimos con
nostalgia de algo.
Hoy estoy harta. Por eso me
andaba muriendo de otra cosa que no sea el pinche coronavirus e hice varias
cosas que no están bien vistas socialmente en este momento:
Uno: hicimos una celebración a la
que asistimos 4 personas adultas para celebrar a mi amiga Susi cumpliendo
protocolo de Susana distancia que dejémonos de tonterías: no es real porque
aunque no te saludes de beso y la llegada sea incómoda y fría y estés en un
jardín al aire libre pues convives y te juntas pa la foto, y te pasas el salero
y pones las mañanitas y entonces cantas y emites millones de salivas que sabrá
Dios a donde van a parar.
Dos: comimos comida que llevaron
nuestros amigos que consistía en tacos de cecina del mercado de Atlixco. Con
crema y queso fresco y salsa. Muy rico. Yo no sabía o no me acordaba que la
cecina se comiese con crema y queso. La crema era fresca, algo extinto y
exótico.
Bueno pues que pocas veces he
sentido que me muero y esta es una. Casi muero literal por unos tacos del
mercado: Vómitos, fiebre, diarrea, escalofríos, huesos adoloridos, delirio y
pensar como cuando el Juan fue a dos clases de catecismo: seguro ya me cayó el
coronavirus y Dios me castigó por hacer un festejo en pandemia.
Y bueno resulta que me canso de
querer una vida con la ilusión de reuniones con tu gente favorita donde te
tomes fotos sin tener que pensar en la proximidad permitida, que mi panza a
fuerza de productos naturales ultramegadesinfectados, vuelva a aguantar las colonias de bacterias de los mercados y los puestos callejeros, quiero vivir sin cruda social. Volver a sorprenderme con algo que
diga Juan y que yo le pregunte y dónde escuchaste o sacaste eso. Volver a tener
anticuerpos de tanto andar con las manos mugrosas. Volver a la inconsciencia de
los besos con intercambio de millones de bacterias. Llevar a Juan a la
ortodoncista sin que parezca un acto suicida porque además hay que llevarlo a
que le saquen una placa donde tiene que meter su boca en un instrumento que si
bien es desechable el solo hecho de imaginar todas las bocas que han entrado
allí para hacer su placa, pues no, no es viable.
Qué cansada estoy de tanta
precaución. De tanta desinfectada. De tanto alcohol del 96. De esta vida pasteurizada.
Edu, muy acertado lo que expones. Yo también ya estoy cansada del gel, del cloro, del alcohol, de ver a mis seres queridos, a tener miedo de salir. Me cae gordo el cubrebocas. En fin, no queda mas remedio que adaptarnos para sobrevivir. Te mando besos con gel
ResponderEliminarMe quedé con ganas de más de lo bien que fluyo con tu narrativa, cómo siempre un placer leerte¡¡
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