To Be or Not to Be

Imagen
El día que mi mamá me sacó del colegio de las monjas para entrar a cuarto de primaria en una escuela pública donde dejaríamos ser hijas del verbo encarnado y convertirnos en Hijas del Ejército, a mi mamá lo que más le preocupaba era que mi hermana y yo dejáramos de aprender inglés. Hay que decir que con las monjas nos daban un inglés que a la distancia me parece muy rudimentario, pero si tomamos en cuenta que eran l os gloriosos y desglobalizados años ochentas, se entiende que no pasábamos del  What's your name?  y del  one, two, three, yellow, love, mother , chicken y en esas andábamos  cuando, ya de hijas del ejército, mi mamá nos empezó a mandar por las tardes al Instituto Norteamericano que estaba en el centro de Morelia y donde yo les puedo jurar que me hice más moreliana que la combi roja ruta 4 que era en la que nos subíamos con mi hermana para llegar a nuestras clases de inglés.  Yo tendría unos ocho o nueve años. Entonces no se robaban a las niñas y n...

Vine a Cuetzalan porque me dijeron que acá vivía la curandera, una tal Carmen. PARTE I






I. El cuerpo del viaje.

Viajar a Cuetzalan desde Morelia es atravesar toda la panza de México. Nuestro viaje cruza del occidente al oriente y en el mapa se dibuja una línea que pareciera engañosamente horizontal porque nos mantenemos cerca del paralelo veinte.

No obstante, viajar a Cuetzalan es pasar también del altiplano purépecha al territorio nahua-totonaco. Y aunque el mapa indica esa aparente línea donde parece que vamos “todo derecho”, no se hace sino bajando y subiendo, cediendo y recuperando la altura. La tierra —que ya Eratóstenes supo que no era plana— se pliega, se hunde, se levanta. Y entonces, el territorio respira. 

Se sale de los 1,920 metros sobre el nivel del mar y el camino primero se extiende, largo, horizontal, todavía altiplano y conocido. El Arco Norte se cruza casi completo, rozando Hidalgo y Tlaxcala entre nopaleras, traileros, retenciones y mucho asfalto, y allí, cerca de Apizaco la tierra empieza a elevarse otra vez hasta los 2,400 metros y te lo anuncian dos presencias milenarias que nos ven pasar asomados desde este lado de la planicie: el Popocatépetl y la Iztaccíhuatl. A mí me pone contenta que a esta hora se dejen ver y en mi mente los saludo porque son mis amigos y también les susurro con mucha nostalgia y emoción: pus que los extraño, extraño mirarlos. Que se dejen ver me hace sentir que es un buen presagio para este viaje. Se los digo a Sofía y a Gera. 

Después, de frente y cercana, aparece la Malinche.  De la Malinche le digo a mis compañeros que antes de ser Malinche se llamaba Matlalcueye, una deidad mesoamericana femenina relacionada con Tláloc. Y les cuento que en mi época poblana supe que subir esa montaña parece fácil pero no lo es: la bajada es lo verdaderamente difícil de lo empinada, “conocí poblanos que bajaron sin uñas de la Malinche” porque pensaron que la bajada era lo de menos pero hay lugares que engañan porque lo más complejo no es subir, sino bajar. 

Los volcanes nos hacen olvidar la urbanización —más bien feona— que los rodea. Hasta allí, el Altiplano mexicano no se inclina todavía. Es ancho. Es abierto y estamos a punto de dar vuelta a la izquierda y pasar una frontera donde se respira diferente: Puebla. 

Cuando aparece el Pico de Orizaba allá a lo lejos, algo cambia. También éste se dejó ver -pienso totalmente agradecida- y nos bajamos a tomarnos una foto con el Pico que en su cumbre, tiene un conito de nieve. Después descubro que en mi foto el Pico no se ve porque él es así: remoto.

La carretera que conduce a Teziutlán empieza a plegarse. Los volcanes se han quedado atrás con su enorme proporción que ordena el horizonte y que nos guía -y acompaña-  de algún modo en este camino. La altura cede. La temperatura cambia y comienza a insinuarse la Sierra. Y entonces la bajada -sin casetas de cobro- es definitiva.

En Zacapoaxtla las curvas ya no son curvas: son espirales en el tiempo que empieza y termina y vuelve a comenzar desde tiempos inmemoriales. 

Mi corazón allí se pone contento pensando que de estas montañas salieron los ejércitos zacapoaxtlas con sus atuendos tricolores y sus machetes a defender Puebla un cinco de mayo y pienso que hay algo en esta tierra que todavía guarda esa memoria.

En esa bajadota aparece Apulco —no el de Juan Rulfo de aquel calorón solitario, sino este al que le brota agua por todos lados— y uno siente que ha llegado a algún lugar y no  sabes qué es hasta que notas que a partir de allí es que hay que subir. 

Apulco/ Umbral.  

Y subir. 

Subir.

La carretera se vuelve más angosta porque la vegetación se asoma, también a saludarnos. Encinos que tienen allí toda la eternidad. Helechos enormes y descarados que no piden permiso para crecer a la orilla de la carretera y vegetación de la que desconozco los nombres pero que no se queda quieta y se siente en el cuerpo y hasta en la forma de respirar que es tibiecita y que nos recuerda que estamos atravesando la Sierra Norte de Puebla para la que no alcanzan los ojos para mirarla. 

Y serpenteamos -como si el verbo viniera de "Quetzalcóatl"-. Y entonces pienso que somos serpientes emplumadas subiendo a buscar a Carmen.

De pronto, sin anunciarse: la subida termina. 

La carretera se hace empedrado. 

Y eso significa que hemos llegado. 

Hemos entrado a un nuevo territorio donde el sonido es diferente y la respiración también. 


Comentarios

  1. Maravilloso, eres admirable tus crónicas tiene algo de ternura y nostalgia

    ResponderEliminar
  2. Ya me lo imagino, la sierra te habla , reclama su espacio. Cada vez mas encogido, debí decir reducido. Buen viaje de catarsis por la curación. Esperamos saber de Doña Carmen

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Cuando el lago decide

Yo prefiero ser circular

To Be or Not to Be