To Be or Not to Be

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El día que mi mamá me sacó del colegio de las monjas para entrar a cuarto de primaria en una escuela pública donde dejaríamos ser hijas del verbo encarnado y convertirnos en Hijas del Ejército, a mi mamá lo que más le preocupaba era que mi hermana y yo dejáramos de aprender inglés. Hay que decir que con las monjas nos daban un inglés que a la distancia me parece muy rudimentario, pero si tomamos en cuenta que eran l os gloriosos y desglobalizados años ochentas, se entiende que no pasábamos del  What's your name?  y del  one, two, three, yellow, love, mother , chicken y en esas andábamos  cuando, ya de hijas del ejército, mi mamá nos empezó a mandar por las tardes al Instituto Norteamericano que estaba en el centro de Morelia y donde yo les puedo jurar que me hice más moreliana que la combi roja ruta 4 que era en la que nos subíamos con mi hermana para llegar a nuestras clases de inglés.  Yo tendría unos ocho o nueve años. Entonces no se robaban a las niñas y n...

Al nieto de Morelia, muchas gracias!

 



El otro día, le fui a pedir trabajo a un señor, ¿te dije?

Pus que me llaman y llegué a su oficina que está instalada en la planta baja de lo que parece fue un "Asilo", como llamaban antes a las Estancias del "Adulto Mayor". El lugar lucía un poco abandonado pero se nota que en su tiempo fue de esas construcciones estilo Mauricio Garcés, ¿sabes cómo? con grandes ventanales, pisos de azulejo brilloso y fachadas de piedra. Yo, como te imaginarás, iba bien nerviosa y estaba sude y sude. El empleo que le voy a pedir al señor jamás lo he hecho y no sólo no tengo experiencia sino que súmale que tengo 6 años sin pararme en una oficina, tú mejor que nadie sabes que llevo seis años en jeans y tenis. Si fuera yo un fierro te diría que me siento oxidada, o sea, vieja y sin brillo pero en cuando me doy cuenta que otra vez me estoy saboteando mejor me pongo a pensar en Silvia Pinal paseándose con su peinado de chongo alto y rubio y su vestido psicodélico mientras me siento allí a esperar y a seguir sudando porque he llegado 5 minutos antes. Qué eternidad y detesto el cubrebocas.

No te he contado pero cuando decidí dejar de trabajar, mi hijo Juan iba a entrar a la primaria. Teníamos un año que habíamos llegado a esta ciudad, donde casi todo, por no decirte todo, nos costaba trabajo, bueno, nos sigue a veces costando trabajo pero ya casi siempre nos vale madres, pienso que después de ésta ciudad podríamos vivir casi que en cualquier lado, pero bueno, cuando llegué, yo trabajaba en una oficina de Gobierno que me quedaba lejísimos hasta allá por el Parque Ecológico que además ya ves que es un rumbo horrible y donde literal vivía metida de 8 am a 9 pm por lo que nunca veia al Juan. Para cuando me di cuenta, que fue casi un año después de haber llegado, pos anda que mi sueldo se me iba en pagarle a un muchacho de nombre Cristian para que recogiera al Juan del kinder y que lo llevara a las clases vespertinas que en esa época fueron muchas porque no dábamos con nada donde nos sintiéramos a gusto. También le pagaba a Tina, quien se encargaba de todo en mi casa: la limpieza, la comida, la ropa, el mercado y hasta de la crianza de Juan, fijate que por ella come brócolis y coliflores y es un buen chico porque era buena buena esa Tina. pero bueno, cuando en aquella oficina se acercó el Informe de Gobierno que era lo que prácticamente se hacía allí, salía yo hasta las 11 o 12 de la noche. Mortal. Trabajando con una bola de gente a la que no le entendía y que me caia muy mal. Fijate que nunca me he sentido un error geográfio tan enorme como el de mi presencia en aquella oficina. 

Y entonces me dije: ¿y para qué tuviste a tu hijo si lo vas a tener encargado permanentemente por ir a un trabajo que además ni te gusta? Y así, tomé la desición de vivir solamente con la pensión del Juan y simplemente "vivir" su primaria. Me hacía ilusión acompañarlo en el proceso de que aprendiera a leer y a escribir y cosas de mamá de las que me había perdido en toda su primera infancia por andar en oficinas donde al final nadie te da ni las gracias y me puse a llevarlo a natación, a acompañarlo a las fiestas infantiles a las que yo nunca iba, a participar con pasión en los chats de mamás que antes jamás tenía tiempo de atender, hacer comiditas con sus amigos, pasteles por las tardes hasta engordar, conocer señoras poblanas, hacer paseos en bicicleta y todo con lo que romantiza el sistema de lo que debe hacer una mamá. Y así lo hice seis años, que han sido felices pero ahora que ya Juan está grande pues ya me aburro tú, entonces deja te sigo contando, pus así sin decir agua va, una mañana, renuncié al trabajo ese y  ese mismo día y con la pena despaché al Cristian que le agradezco mucho pero me salía rete caro porque Tina, que se quejaba que en Puebla no hacía amigas y no tenía con quien platicar, pus lo atendía como al señor de la casa y lo sentaba al comedor a comer con el Juan y toda la cosa. 

Con Tina seguimos un tiempo juntos porque estábamos los cuatro muy apegados porque Tina había llegado con nosotros desde que Juan no hablaba, Boloncho, el perro, no existía y vivíamos en la Ciudad de México, luego ella decidió seguirnos a Puebla y en esas andábamos cuando un día Tina, cero acostumbrada a verme rondar por mi casa, que en realidad era su casa, me dijo con sus cejas arqueadas: ay señora yo ya me voy, a mi Puebla no me gusta nada, son rete payasas las viejas aquí. Y anda que agarra sus chivas y que nos larga acá tú! Fue feo acostumbrarse a vivir sin Tina, fijate que pienso que realmente éramos una familia. Yo todavía sueño con ella, a veces bonito pero casi siempre relacionado con que no me alcanza para pagarle y que ya le debo dos, tres, cuatro semanas. Imaginate! También sueño con su lasaña. Y que un día le voy a llamar y que ya no me va a contestar. ¿Te he dicho que siempre que la llamamos por teléfono acabamos llorando? Somos súper chillonas y Juan siempre me voltea a ver y me dice, ¿mamá estás llorando? 

La casa de Mauricio Garcés es vieja pero se ve que está pintada hace poco y se ve todo muy limpio adentro. La secretaria, una chica de voz dulce con acento muy poblano, se llama Alejandra y me dice que la siga y la sigo por un ancho pasillo que en ambos lados tiene oficinas con muchachos que no hablan entre sí porque están absortos en computadoras. En el enorme despacho que me transporta a los años 50´s está sentado un señor de unos setenta años, ahora no se te hace que es más dificil calcular esas cosas con el cubrebocas? Él tiene sobre su escritorio mi curriculum con mi foto y siento chistoso verme allí con mi cara. Enseguida lo siento amable y se pone a contarme que esa oficina él la fundó hace cuarenta años, que ahora está dejándosela a su hijo, me pregunta por mi, que qué hago, yo le cuento a grandes rasgos la situación: que soy de Morelia y que tengo seis años que no trabajo y que además como puede ver en mi CV que tiene allí y que me incomoda porque siento que me habla y me ve y me distrae, pus no tengo experiencia en el área. El me dice no te preocupes y me sigue contando de su empresa y de cómo le gusta que allí se atienda a los clientes: con honradez, con principios. Y ya cuando ha pasado media hora y yo estoy transpirando debajo de un saco que tenía años que no me ponía, me dice, bueno pues en breve te estaremos buscando Edurne, aún me quedan algunas entrevistas más. Y ya cuando le estoy agradeciendo para pasar a retitrarme de la que pienso es la peor entrevista de trabajo de la historia de mi vida, él voltea a ver mi CV -desde donde yo misma, me hablo-  y me dice con un tono que no es de alegría ni de algún gesto que pueda yo describirte: Mi mamá fue niña de Morelia. 

Ese día regresé a  la casa a buscar en mi librero un libro que tiene allí años sin que nadie lo lea: el de Emeterio Payá, un niño de Morelia que se puso a escribir sus memorias en la década de 1980, una joya. Él tenía 9 años cuando estalló la Guerra Civil en España y sus padres lo metieron en un barco rumbo a México para "salvarlo" de la guerra. Una historia que a mí me parece tristísima pero no tengo más fuentes más que ésta. Allá en Morelia lo cuentan como un acto tan heroico y hace poco hasta pusieron una estatua de un niñito del exilio español allí por el Sanborns, si lo has visto?. Existen otras 442 historias de otros niños y niñas que atravesaron el Atlántico y a los que se recibió en Veracruz en un barco llamado el Mexique en junio de 1937 y que después Cárdenas acomodó en Morelia, mal acomodados la verdad aunque muchos cardenistas juren que fue un gesto hermoso recibirlos en México y pues si, si lo fue, pero la verdad no tenían las instalaciones, ni el personal, ni nada adecuado para recibir a casi 500 chamaquitos todos niños muy niños que en su mayoría no pasaban de los 12 años. Tal vez estés pensando que peco de romántica pero de las cosas que a mí me parecen más tristes son los niños que no tienen a su mamá, yo no sé si en medio de una guerra hubiera tenido el valor de embarcar a mi Juan solito a sabrá Dios dónde y soy de la idea de que aunque estemos en una situación así de extrema, siempre será menos peor estando acompañado de alguien que te ama y no a salvo y a miles de kilómetros de las bombas, pero solo como perro. Ninguno de estos niños vino acompañado de algún adulto y se la pasaron piojosos, enchinchados, hambreados allá por el Mercado San Juan de Morelia. Este señor cuenta que cuando llegaron al que se llamó Internado España- México  -que hoy es el Salesiano- les preguntaron ¿y les gustan las tortillas? Y estos pobres pensando que los recibían con tortilla de patatas, cuando les acercaron las tortillas de máiz, sólo se les ocurrió aventarlas al aire como una mala broma. 

Cárdenas fue muy criticado en ese momento porque en la prensa se decía que acá también había niños pobres, qué cómo pá qué se los traía desde España, pero ya sabes, eran otros tiempos y no pasaron de llamar a las pobres criaturas como "los arrimados de México". Pinches gachos, edá? Bueno, pues triste porque en su mayoría jamás volvieron a ver a sus familias, ni volvieron a su país. El autor de este libro era el que vendía la paella los domingos allá por la Ventura Puente, se llamaba Mariscos Payá, era muy famoso, ¿tú te acuerdas?.  

Cuando salí de la oficina y volví a recorrer el pasillo enorme de regreso, dejé la casona que parece más bien de Pani con el corazón sabiendo que el nieto de Morelia me iba a dar el trabajo aunque yo no supiera hacer nada de nada. En el libro de los Niños de Morelia encontré algunas fotos y descubrí a la mamá del que sería mi jefe. Era un grupo de muchachitas, que por ser las más grandes del grupo, mandaron con las monjas de acá de Puebla. Le puse un post it por si lo volvía a ver al nieto de Morelia. Y así fue.  💕





  

Comentarios

  1. Yo, igual que tú, siento que es una cosa horrible separarse. ¡No podría! Pero al final, cada cabeza es un mundo. Espero que cuentes más de tu trabajo en esa casa garcesina. Y por cierto, ¡jamás he reparado en la estatua! Abrazos acá desde el fin (nórdico) del mundo :)

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  2. Cómo dices, cada cabeza es un mundo y nadie sabemos la situación de cada madre al desprenderse de sus hijos. Seguramente estuvieron en una situación muy vulnerable y sin comida y con mucho riesgo de que murieran, creyendo que así estarían a salvo sin imaginar siquiera que nunca más volverían a verlos. También en Rusia asiliaron a otros tantos. Todas las guerras son veneno para la humanidad.

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